Disclaimer:
Severus no nos pertenece (si nos perteneciera no le hubiéramos hecho sufrir tanto, pobrecillo…) y el resto de personajes, tampoco. Son de una señora inglesa que se ha hecho rica maltratándoles…
Gracias especiales a Amia Snape, Louis Talbot, RAC, LupitaSnape, LonguiNo13, Kuruki86, Dary y Pandora por vuestros comentarios, para nosotras son un verdadero regalo :)
Nota de historia:
Esta historia es un regalo de cumpleaños para Amia Snape.
Nota de autoras:
Bienvenidos al último capítulo de esta historia.
Aquí, al fin, podremos ver cómo se resuelve todo el entuerto que quedó a medias en el capítulo anterior. Ha sido un placer compartir nuestra historia con vosotros, y leer vuestros comentarios semana tras semana.
Esperamos que os guste este final que os hemos preparado, y queremos que sepáis que, aunque éste fic ha llegado al final, ya tenemos otro cociéndose en el horno ;)
Un besito y feliz lectura.
Capítulo 8
Pronto acudieron varias personas a la habitación: un hombre joven con bigote y aspecto relajado; y dos mujeres de mediana edad, una muy seria, alta y enjuta, y la otra pequeña y rechoncha, con aspecto de matrona encantadora. Ésta última ayudó al joven celador, que había vuelto a entrar, a colocar a Hermione sobre la cama, obligándola por fin a soltarle la mano a un Snape blanco como la cera.
—No te vayas, Snape, por favor —rogó la chica, angustiada.
—Granger, tranquilízate, ¿de acuerdo? Estoy aquí, no me voy a marchar.
Su tono se había vuelto mucho más calmado y suave para infundirla seguridad, y esto causó un efecto inmediato en la muchacha, que suspiró con alivio y sintió cómo sus músculos se destensaban un tanto.
—Señor Granger —dijo el hombre del bigote, al tiempo que se acercaba a él para ofrecerle la mano. Snape se la estrechó, sin dejar de mirar a Hermione—. Soy el doctor Hoffman, en ausencia del doctor Edmundus, yo asistiré en el nacimiento de su hijo. Debe estar emocionado, ha llegado el gran momento, ¿eh?
El médico se quedó mirando al pocionista con una sonrisa cordial, esperando una respuesta, pero éste no le hizo ningún caso.
—Ya puede volver a darle la mano, si quiere —dijo la comadrona entonces, mientras alzaba las piernas de Hermione para dejarlas suspendidas en el aire y así poder hacer una primera inspección—. Vaya, vaya, parece que ya está muy dilatada.
—Eso es bueno, ¿no? —Preguntó Snape mientras cogía la mano de la Gryffindor casi sin darse cuenta de que lo hacía.
Hermione miró su mano envuelta en la del hombre con algo de asombro.
—Es buenísimo, señor Granger —le contestó la mujer—. No van a tener que esperar mucho para la llegada de su retoño.
—Yo no soy el señor…
En ese momento la chica gritó con energía y volvió a apretar con fuerza desmedida la mano de Snape, que aguantó estoicamente, si bien con cara de pocos amigos, los treinta segundos que duró la nueva contracción.
—Bien, parece que ya está cerca —dijo la comadrona, surgiendo de entre las piernas de Hermione—. Doctor Hoffman.
—Gracias, señora Pollard —el hombre sustituyó a la comadrona frente a las piernas abiertas de la parturienta, desapareciendo de la vista tras la sábana que reposaba sobre el cuerpo de Hermione—. Perfecto señora Granger, ¿está lista para empezar a empujar? Enfermera Gorger, ilumine, por favor.
La enjuta mujer se acercó al medimago varita en mano y se colocó a su lado, desapareciendo del mismo modo en que lo había hecho el hombre.
—Ayúdela a respirar, señor Granger —le dijo la comadrona Pollard a Snape, que intentaba escuchar lo que se susurraban el medimago y la enfermera allí abajo—. Ya sabe, lo que han hecho en las clases pre-parto. Y tome —le entregó una pequeña toalla, mullida y suave—. Séquele el sudor y déle mucho cariño y ánimos.
Mucho cariño y ánimos. El ex-profesor le lanzó una mirada indescifrable y aceptó lo que le ofrecía con las mandíbulas apretadas. Inmediatamente le secó la frente a la Gryffindor y se agachó para ponerse junto a su oreja. La joven esbozó una pequeña y triste sonrisa.
—Me temo que no voy a poder ayudarte con las respiraciones, Granger —le dijo él, sintiéndose algo inútil, pero intentando ocultar su frustración—, no tengo la menor idea de…
—Ya me estás…fuuu… ayudando… fuuu… quedándote conmigo… fuuu —Hermione no podía evitar hablar a trompicones ahora que el dolor constante se había vuelto casi insoportable.
El hombre no respondió a eso, ya que no entendía cómo su presencia allí podía ser de ninguna ayuda, de modo que simplemente sonrió de medio lado, y entrelazó su mano más estrechamente con la de ella.
—Bien, señora Granger, cuando tenga la siguiente contracción empuje con fuerza.
—¿Cómo? ¿Ya? ¿No va a darle antes ninguna poción para calmarle el dolor? —Preguntó Snape, preocupado.
—Fuuu… fuuu… fuuuu… —la joven le miró con una media sonrisa agradecida.
—No hay tiempo para eso, antes de que le hiciera efecto, el bebé ya estaría aquí. ¿Preparada?
—Creo… creo que sí… fuuu… fuuu… fuuu…
—Vamos, Granger. Demuéstrales que eres toda una leona. Empuja.
La siguiente contracción llegó como un huracán y el grito de Hermione fue desgarrador, apretó la mano que le ofrecía Snape y empujó con todas sus fuerzas.
—Muy bien, señora Granger. Un poco más, un poco más.
—Aaaahhhhh…
—Ya asoma la cabeza, siga, siga. Otro empujón más, vamos.
Snape se acercó un poco a los médicos para observar lo que sucedía. Hacía ya cinco minutos que Hermione empujaba a intervalos cada vez más cortos, soltando unos gritos increíblemente agudos que ponían los pelos de punta, sudando a mares y llorando al mismo tiempo. A Snape toda esta escena le parecía tan fascinante como profundamente desagradable. Asomó la cabeza tras la sábana y, efectivamente, de entre las piernas de la insufrible sabelotodo, vio cómo surgía una espesa mata de pelo negro, húmedo y ensangrentado, adherido al pequeño cráneo en pegajosos mechones.
—Granger —regresó junto a ella, le secó el sudor con delicadeza y se agachó para susurrarle al oído—. Aguanta un poco, Granger, está saliendo.
—Snape —dijo ella entre jadeos.
—¿Sí?
—La próxima vez que diga que quiero quedarme embarazada…
—No cuentes con mi chico para eso —le advirtió el hombre con una sonrisa.
—…lánzame un cruciatus.
Snape se echó a reír con ganas.
—Ya se le ven los hombros… descanse un momento, señora Granger —dijo la voz masculina del doctor Hoffman desde detrás de la sábana—. Cuando yo le diga, dé el empujón más grande de todos, ¿de acuerdo?
—Síii, síiii…
Hermione sentía que iba a reventar de dolor y de cansancio. Le lanzó una mirada al hombre que estaba a su lado, casi igual de sudoroso que ella, con los músculos en tensión, algo sonrojado y con los negros ojos brillando tan intensamente como dos piritas. Se encontraba acariciándole la frente y susurrándole palabras tranquilizadoras al oído. Si no fuera porque le dolían todos los músculos, incluidos los de la cara, le habría sonreído. Jamás hubiera previsto que el hombre se prestaría a acompañarla en esos momentos, y menos aún que se mostraría tan atento y preocupado.
Miró entre sus piernas, donde de repente todo se había quedado extrañamente silencioso. ¿Qué demonios estaba haciendo aquel medicucho ahí abajo?
—Bien, todo listo, señora Granger —dijo el hombre justo en ese instante, como si le hubiera leído los pensamientos—. Empuje con fuerza.
—Empuja, Hermione —le susurró Snape, y ella le miró asombrada. Era la primera vez en la vida que la llamaba por su nombre, y no había testigos que lo corroboraran—. Ya has oído al médico, empuja.
—Aaaahhhhh…
El dolor la atravesó de parte a parte y la chica empujó con todas sus fuerzas durante lo que le pareció una eternidad. Sintió como si todo su cuerpo se estuviera desintegrando por momentos y, cuando creía que ya no podría soportarlo más, una sensación de vacío la inundó, y un grito nasal seguido de un llanto infantil llenó la habitación.
—Muy bien, señora Granger, lo ha hecho muy bien. Ya está aquí.
—Démelo, doctor, démelo —solicitó la comadrona con prontitud.
Snape soltó la mano de la Gryffindor para acercarse al bebé recién nacido.
—¿Está bien? ¿El bebé está bien? —Preguntó, intentando mantener el rostro impasible, pero derramando ansiedad en cada sílaba.
La señora Pollard se lo llevó, envuelto en un pequeño fardo, hacia una mesa cercana.
—Snape —le llamó Hermione, casi desfallecida.
Él volvió a acercarse a ella para acariciarle la frente y, después de unos instantes de duda, le dio un suave beso en la sien.
—Tranquila, Hermione, tranquila. Ahora te lo traerán. Enseguida podrás verlo.
Cuando la señora Pollard se acercó de nuevo, el bebé ya estaba limpio y envuelto en una mullida e impoluta toalla. Lo dejó sobre el pecho de la madre y dijo:
—Su bebé está perfectamente. Es un niño.
Hermione miró a su hijo por primera vez y se echó a llorar como una magdalena. El bebé movió un poco los deditos mientras dormía tranquilo, y su pelo negro lucía desordenado. Snape se mantuvo junto al rostro de la agotada madre y, contemplando al recién nacido, una sonrisa embobada se instaló en sus labios sin que él mismo se diera cuenta. La cara redondita, los ojos cerrados con fuerza, los labios fruncidos en una mueca, y la piel fina y sonrosada… le parecía increíble que él hubiera ayudado a traer al mundo algo tan delicado y frágil. Tragó saliva, intentando disimular la profunda impresión que había dejado en él la experiencia vivida.
—Tiene… tiene el pelo como Harry —dijo entonces Hermione, entre hipos y lágrimas.
Snape la miró extrañado.
—Yo diría que todos los recién nacidos deben tener el pelo así de revuelto, pero debo admitir que no soy un experto en el tema…
—No, no, tiene su pelo, está clarísimo. Cuando sea un poco más mayor me va a costar horrores peinarle, lo sé.
Snape rió alegremente, recordando los vanos esfuerzos que hacía su amante cada día frente al espejo.
—En ese caso ya tendrá algo de los dos, porque yo estoy seguro de que será tan sabelotodo como tú —vio que la chica le miraba con el ceño fruncido y abría la boca para protestar, así que se apresuró a añadir—. Se suponía que eso era un cumplido, Granger —y, como para corroborarlo, le dio otro pequeño beso en la frente.
Cuando Harry llegó al hospital, los padres de Hermione ya se hallaban impacientes en la sala de espera, pero él ni siquiera les vio. Pasó como una exhalación por su lado para dirigirse a las puertas dobles por donde le habían dicho que estaban las salas de partos.
—¿Harry? —Preguntó una voz femenina a su espalda.
Se detuvo de golpe, derrapando un poco sobre las baldosas del suelo, se giró sobre sí mismo, sorprendido, y se halló frente a los progenitores de su mejor amiga.
—Señora Granger.
—Harry, ¿qué haces aquí? Se suponía que tú ibas a asistir al parto —dijo el padre de Hermione.
—Bueno, sí, pero… —el chico se rascó la nuca, en su característico gesto de incomodidad—. me temo que no he llegado a tiempo…
—Entonces, ¿está ahí dentro sola? —Preguntó la señora Granger, alarmada.
—Eeeehhh… pues… —miró a ambos lados del pasillo, como si buscara a alguien— ¿no está Severus por aquí?
—¿Severus? ¿Quién es Severus?
—Severus es mi…
Justo en ese momento las puertas batientes se abrieron y un muy orgulloso y sonriente Slytherin con un pequeño bebé en sus brazos hizo acto de presencia en la sala. Harry se giró hacia él, sus ojos se encontraron, y la sonrisa del hombre se tornó en un gesto algo preocupado.
—Harry, ¿estás bien? Pensaba que…
—Sí, estoy bien —dijo con cara de asombro—. Perfectamente… esto… ¿tú… has…?
—¿Se puede saber qué te ha pasado? —Preguntó el hombre con tono irritado, sin darle tiempo a terminar de hablar.
Aunque no lo admitiría nunca, se había sentido muy angustiado por la falta de respuesta del chico a la llamada de Hermione, y al verle allí plantado con la boca abierta, no pudo evitar enfadarse con él por haberle dejado solo con toda la responsabilidad de cuidar de la joven.
—Se rompió mi campanilla… ya te lo explicaré después, mi amor —se acercó a él, se puso de puntillas y le besó en los labios ante la sorprendida mirada de los señores Granger y, mientras le agarraba por la cintura, con la mano libre acarició el regordete rostro del bebé—. ¿Quién es esta cosita tan bonita?
—Este es Timotheus —dijo Snape en tono solemne—. Habéis tenido un hijo con mucho carácter, Harry, tendrías que haber visto cómo lloraba al nacer.
Con mucho esfuerzo, los padres de Hermione lograron sobreponerse al hecho de ver al antiguo profesor de su hija surgir con su nieto entre los brazos para ser besado por el mejor amigo de la chica y padre de la criatura en cuestión, y se acercaron a ellos para admirar al delicioso y sonrosado bebé.
—¿Me deja cogerlo? —Preguntó la señora Granger y Snape, intentando no mostrar su reticencia, le tendió al bebé con sumo cuidado, mientras la mujer añadía—: ¿Cómo está mi hija?
—Hermione está muy bien, pero agotada —contestó, irguiéndose cuán largo era, con gesto estirado—. Se ha portado como una verdadera y valiente Gryffindor, pueden sentirse muy orgullosos de ella. Ahora la están acomodando en la habitación y me han dicho que debemos dejarla descansar, pero está deseando verles.
Harry miró a Snape, sorprendido de que hubiera dicho el nombre de pila de su amiga, pero el hombre, aún cuando su postura era rígida y algo altiva, sólo tenía ojos para la pequeña criaturita que en aquel momento estaba meciendo su abuela entre los brazos, y en su ceño detectó una pequeña arruga que sabía que sólo aparecía en sus momentos de mayor ansiedad. Se acercó más a él y le agarró de la cintura, intentando confortarle.
—¿Va todo bien, cariño? —Le preguntó en un susurro confidencial.
—Estupendamente.
—¿Te ha gustado sostener al bebé en brazos?
—¿Qué? —Preguntó, algo abstraído— Ah… ¡bah! Qué tontería —pero siguió sin mirarle, como si temiera descubrirse a sí mismo en cuanto se enfrentara a los verdes ojos de su amante, que le conocían demasiado bien.
—Como lo miras de esa manera…
Esta vez sí que le dirigió una intensa y negrísima mirada.
—¿De qué hablas? ¿De qué manera lo miro?
—Como deseando tenerlo más tiempo.
—Pff —Snape bufó, hizo un gesto despectivo con la mano, y volvió los ojos hacia el pequeño Timotheus con algo de tristeza que no le pasó desapercibida a Harry.
Había deseado sostener al bebé en sus brazos desde que el médico le había traído al mundo, pero a la sabelotodo Granger no se le había ocurrido ofrecérselo, seguramente pensando que nada estaría más lejos de su mente en esos momentos. ¡Y después hablaban de la intuición femenina! Cuando por fin le entregó al crío, fue para pedirle que se lo llevara a sus padres, y él casi no había tenido tiempo de comprobar lo agradable que era mecerlo suavemente, lo diminutas que se veían sus manos en comparación con las suyas, y cuan frágil se sentía ese pequeño y delicado cuerpecito entre sus grandes y fuertes brazos.
Snape seguía mirando a la criatura intensamente, sumido en estos pensamientos, sin percatarse del exhaustivo escrutinio al que le estaba sometiendo su pareja.
—Severus… —le llamó.
Cuando Snape le miró y vio la enorme sonrisa que iluminaba los labios del joven Gryffindor, frunció el ceño con extrañeza.
—¿Qué? —Le preguntó.
—Nada —contestó Harry, emocionado, besando la negra tela de la túnica sobre su brazo y enlazando sus dedos con los del hombre—. Que te quiero mucho, Severus.
—¡SORPRESA!
Hermione, con el pequeño Timotheus en brazos, sonrió al ver a todos sus amigos reunidos en su casa. Harry apareció por la puerta tras ella, cargado con el enorme bolso de tela que había llevado al hospital hacía tan sólo dos días, un enorme paquete de pañales muggles y la escoba. Sus cabellos estaban imposiblemente revueltos después del viaje por el aire, y también sonreía, expectante ante la fiesta sorpresa que habían preparado entre él y Ginny.
—Bienvenida a casa, Hermione —dijo la pequeña de los Weasley acercándose a ver al bebé—. Oooooh, es una monada. ¿Puedo cogerlo? Por favooooor.
—Claro, Ginny —le concedió la orgullosa madre.
Una vez hubo entregado al niño que, milagrosamente, seguía durmiendo a pierna suelta, todos los invitados, queriendo ver al pequeño Timotheus Granger, se olvidaron de ella para rodear a la joven pelirroja, que se dirigió al centro del salón mientras le acunaba contra su pecho con una cariñosa sonrisa.
Snape aprovechó ese momento de distracción de la concurrencia para acercarse a Harry por detrás.
—¿Qué tal ha ido el vuelo? —Preguntó con su voz profunda junto al oído del chico.
—De maravilla —le contestó él girándose en su dirección—. Y antes de que lo preguntes: sí, he sido prudente, Severus.
El Slytherin alzó una escéptica ceja.
—Los Gryffindors no sabéis lo que es la prudencia —replicó.
—Pero si a ti te gusta que a veces sea imprudente, ¿o no?
Una lasciva y oscura mirada le recorrió de arriba abajo, provocándole un estremecimiento, y regresó, ardiente, a su rostro.
—Hay otras cosas que me gustan más de ti, Harry —y de pronto, como si recordara dónde estaban, su voz volvió a ser fría e impersonal como siempre que tenían compañía—. ¿A qué estás esperando? Ve a hablar con tus amigotes, sé que lo estás deseando.
—Antes tengo que subir todo esto arriba. Hermione me ha pedido que lo dejara en su habitación.
—Déjame, ya lo hago yo —contestó el hombre mientras cogía los paquetes que llevaba Harry—, ¿dónde lo dejo? ¿Junto a esa horrorosa cunita muggle que me obligaste a montar una y otra vez bajo tus tiránicas indicaciones?
—Cómo eres, Severus —le contestó el muchacho riendo—, es que te empeñabas en hacerlo con magia sin leer las instrucciones primero, y no quedaba bien. Ciertas cosas hay que hacerlas a lo muggle.
—¿Quién necesita instrucciones cuando se tiene magia? Se encarga una bonita cuna a un experto mago artesano y ya está; pero no, tienes que complicarme la vida comprando una cuna muggle que encima después pretendes que monte yo con mis escasas dotes de carpintero, ¿sabes cuántas veces me golpeé con el maldito martillo?
Harry rió y dijo:
—Pues a mí me resultó muy reconfortante ver que, en contra de lo que siempre había creído, ni siquiera tú lo sabes hacer todo.
Snape, cargado con el bolso y los pañales, soltó un gruñido irritado.
—Eres un insolente, y cuando lleguemos a casa me voy a encargar de hacer desaparecer esa sonrisa de superioridad que llevas con tanto orgullo —y señalando con la cabeza las escaleras, añadió—: Ahora me voy a subir los paquetes, tú diviértete en tu fiesta.
—No es mi fiesta, es de Hermione y su hijo.
—¿En serio? —Replicó el hombre, alzando una única ceja y dándose la vuelta para dirigirse a las escaleras.
Harry amplió su sonrisa y negó con la cabeza, dándolo por imposible. Apoyó su escoba en la pared y, justo acababa de darse la vuelta, cuando se formó un alboroto en el salón. Snape, a su vez, se detuvo con un pie en el primer escalón, atento a lo que sucedía.
—Ufff… ¡vaya peste! Tu hijito comerá gloria, Hermione, pero desde luego caga mierda —Ron, que sostenía al bebé en ese instante, lo alejó peligrosamente de su cuerpo mientras arrugaba la nariz.
Hermione, desde la otra punta del abarrotado salón, donde hablaba animadamente con sus padres, puso cara de pánico y contuvo el aliento al ver que su pequeño, de apenas dos días de vida, era zarandeado de aquel modo.
—Ron —sólo acertó a decir en un susurro ahogado, aunque de todos modos no le hubiera dado tiempo a más, porque Snape, haciendo alarde de su gran capacidad de reacción, ya estaba junto al joven Weasley, arrebatándole el niño de las manos y cuidando de sujetarle bien la cabeza, tal y como le había enseñado la enfermera el primer día.
—¿Se puede saber en qué está pensando, Weasley? Se trata de un bebé, no de una maldita bludger —le miró con odio por encima del hombro mientras alejaba al niño de él—. Gryffindor irresponsable, no es capaz de hacer nada a derechas.
Harry le observó acercarse a él con una sonrisa agradecida en los labios, fiel reflejo de lo que sentía la joven madre primeriza a sus espaldas.
—Gracias, Severus —le susurró cuando pasó por su lado.
—Voy a cambiarle —contestó él con aspereza mientras sujetaba al bebé protectoramente y levitaba los paquetes que había dejado caer al suelo y, haciéndolos flotar junto a él, se alejó escaleras arriba.
Harry sabía que lo que había pretendido desde el principio al llevarse los paquetes, era encontrar una excusa para alejarse de tanta gente ruidosa, pero cuando le vio acercarse a Ron como una rápida y amenazante sombra negra para quitarle al niño, su corazón se aceleró de emoción, lleno a rebosar de amor por él. Estuvo contemplando su esbelta figura hasta que se perdió de vista, y entonces se acercó a su amiga.
—Vamos, Hermione, tomemos algo —y, tras una breve pausa, añadió—: Creo que lo necesitamos, ¿no?
—Yo desde luego sí lo necesito —le contestó ella, ahora ya algo más tranquila—. Quiero muchísimo a Ron, pero me ha dado un susto de muerte. Creo que nadie se ha dado cuenta de lo que pasaba, pero…
—Severus sí —le sirvió un poco de ponche sin alcohol que sabía que había preparado la señora Weasley—. Y yo también.
Hermione aceptó la taza que le ofrecía su amigo.
—Os habéis portado tan bien conmigo, Harry… —sonrió con cariño mientras daba un sorbo al delicioso ponche de huevo— los dos. No sé cómo agradecéroslo.
El chico hizo un movimiento vago con su mano libre, como restándole importancia.
—No es nada, Hermione, sabes que lo hacemos con gusto.
—Ya, seguro. Sobre todo Snape.
—Te sorprenderías… fue él quien montó la cunita, ¿sabes?
—¿De veras? —Preguntó la chica, extrañada y emocionada a un tiempo.
—Mmmm —Harry asintió mirando fijamente su taza de ponche, mientras una punzada de culpabilidad por no haberle explicado toda la verdad de cómo había ido la cosa le atravesaba el pecho.
Tras unos instantes en silencio observando a la gente de su alrededor, que reía, bebía y conversaba animadamente, Hermione se giró para volver a llenar su taza de ponche. En ese momento Ron se acercó a ellos con aire confidente.
—¿Habéis visto cómo se ha puesto el murci…? —Le lanzó una mirada cargada de culpabilidad a Harry—. Lo siento, tío, la fuerza de…
—De la costumbre, sí —el chico bebió de su ponche para tragarse junto con él las ganas de soltarle cuatro frescas a su amigo.
—Eso —confirmó Ron, sonriente, y se sirvió él también un poco de ponche—. Pues lo que decía: se ha puesto como una fiera, tampoco ha sido para tanto, ¿no? ¿No crees que se toma demasiadas confianzas con tu hijo, Hermione?
—¿Confianzas? —Preguntó la chica algo alterada, cosa que no le pasó por alto a Harry—. Por si no lo recuerdas, Ronald, Snape me ayudó a traer a mi hijo al mundo, y no me dejó sola ni un momento. Cuando se trata de Timmy, no hay nadie en quien yo confíe más que él, y en ese aspecto puede tomarse todas las confianzas que quiera. Vamos, Harry.
—¿Vamos, adónde?
Pero la chica ya se había perdido entre la multitud de invitados, saludando a unos al pasar o besando a otros. Harry se encaró con Ron y le puso una mano en el hombro. Tras el rapapolvo de Hermione el rostro de su amigo se veía pálido y compungido.
—Cómo se ha puesto, ¿no?
—No te preocupes, Ron, ya se le pasará —apretó un poco más su hombro y se marchó tras la chica, que le esperaba al pie de la escalera.
Cuando llegó allí, Hermione empezó a subir los escalones con algo de dificultad, ya que todavía se sentía dolorida, y Harry pudo observar que llevaba una botella de licor en la mano.
—¿Qué es esto? —Preguntó, chocando una uña contra el cristal y haciéndolo tintinear.
—Un obsequio para Snape. Supongo que él querrá beber algo más fuerte que este ponche sin alcohol.
Harry sonrió por lo considerada que era la chica. Hermione empezaba a conocer a su hombre mejor de lo que al Slytherin le gustaría. Se preguntó si eso le costaría otro despliegue de mal humor por parte del pocionista.
Cuando llegaron al piso de arriba se dirigieron a la habitación de Hermione, cuya puerta estaba medio abierta. En el pequeño espacio que ésta dejaba pudieron apreciar antes de entrar que al fondo, sobre el cambiador que estaba junto a la gran cristalera, se hallaba el cuerpecito medio desnudo de su hijo en común, sólo cubierto por el pañal. Tenía los ojos cerrados, movía los diminutos dedos de las manos como en pequeños espasmos y abría su dulce boquita sin dientes en bostezos interminables. De repente, sobre él, apareció el perfil de Snape, que le entregó sus dos dedos índices al niño para que los cogiera y los apretara con fuerza. Con su ganchuda nariz rozó el tierno pechito infantil, mientras soplaba sobre la sonrosada piel de su estómago, haciendo que el niño gorjeara con su recién estrenada voz.
—Ahora el pequeño Timotheus ya está limpito, ¿a qué sí? —Escucharon que decía la voz del Slytherin, más suave y delicada que nunca y, aspirando fuertemente por la nariz, añadió—: Hmmmm, claaaro, ahora huele muy bien porque la sucia caquita ya no está, ¿verdad?
Hermione y Harry se acercaron a la puerta, silenciosos e impresionados por el espectáculo de ver a Snape comportándose tan cariñosamente. Para el chico no era ninguna sorpresa, en realidad, puesto que conocía su lado más tierno, pero aún así le encantaba ver que se llevaba tan bien con el pequeño. Sin embargo, para Hermione se trataba de algo nuevo, que la emocionó hasta el punto de humedecerle los ojos. Las malditas hormonas, se dijo, pero sabía que no era cierto. El hombre siguió hablando en el mismo tono pausado, sin cambiar su postura:
—Y, ¿qué vamos a hacer ahora? Nos vamos a vestir y les vamos a decir a papá y a mamá que espiar a Severus está muy mal, y que más de uno ha perdido su nariz de fisgón por meterla donde no le llamaban —sin siquiera mirarles, recuperó su varita de entre los pliegues de su túnica y tocó el tierno cuerpo de Timotheus, vistiéndole con un body que le cubrió por completo.
—No pretendíamos espiarte —se justificó Harry, al tiempo que abría la puerta del todo y dejaba pasar a Hermione.
—Ya, no lo pretendíais, habrá sido un accidente… —Snape cogió al bebé, se sentó en el borde de la cama y le acunó dulcemente— supongo que habrás venido a buscarme para que me integre en la fiesta, Harry, pero no pienso…
—No, ha venido porque se lo he pedido yo —dijo Hermione, y Snape levantó la vista hacia ella, con las cejas arqueadas.
Harry se sentó a su lado, muy cerca, muslo con muslo, y miró también a la joven, que les observaba con una amplia sonrisa.
—¿De qué te ríes? —Preguntó el chico.
—De nada —levantó la botella, que resultó ser de whisky de fuego, y la zarandeó frente al rostro del hombre—. ¿Un poquito de whisky, Snape?
—¿Qué pasa? ¿Queréis emborracharme? —Preguntó con sorna—. Pues sabed que ni así bajaría a esa fiesta infernal. Y menos después de ver cómo el merluzo de vuestro amigo trata a una criatura indefensa.
—No, no quiero emborracharte, ni tampoco obligarte a participar de la fiesta. Sólo quería hablar con los dos de una cosa. Iba a hacerlo más adelante, porque aún es pronto pero, tras lo que ha pasado, creo que cuánto antes mejor. Primero quiero daros las gracias a los dos por todo lo que habéis hecho por mí…
—Ya te he dicho que…
—Déjame acabar, Harry, por favor —dejó la botella sobre su mesita de noche y al lado posó su vaso de ponche, para luego girarse de nuevo hacia los dos hombres, que la miraban expectantes—. Has sido muy bueno conmigo, Harry, después de todo lo que te he… exigido, eres el mejor amigo que podría desear, has sido un pilar indispensable en mi vida durante estos meses, y te quiero muchísimo.
—Yo también te quiero a ti, cielo.
—Lo sé, y te lo agradezco. Pero sobre todo quiero darte las gracias a ti, Snape —éste la miró con una ceja inquisitivamente alzada—, por tu infinita paciencia conmigo, y por estar a mi lado en el momento del parto, no sabes lo mucho que significó para mí, sobre todo porque sé que tú no habías pretendido implicarte en todo esto. Y, aunque sé bien que he agotado todos los favores que podía pedirte, me gustaría que mi hijo fuera tan inteligente, tan educado y tan gran mago como lo eres tú… y por eso te pido… te quiero pedir… quisiera que… aceptases ser su padrino. Dime, ¿querrías ser el padrino de Timmy?
Harry se quedó contemplando a su amiga con profundo cariño. Ahora comprendía lo que había querido decir con ese "tras lo que ha pasado". Ron había considerado que Snape se había tomado demasiadas confianzas con el niño, pero si él fuera su padrino nadie volvería a pensar eso, y el hombre podría participar activamente en su educación. Desvió su mirada del bello y expectante rostro de Hermione al de su amante, que estaba muy serio, y más lívido que de costumbre.
—¿Qué dices, Severus? —Le preguntó, poniendo una mano sobre el muslo del Slytherin, que giró su rostro para mirarle directamente a los ojos.
—¿Tú tenías idea de esto, Harry?
El chico negó con la cabeza.
—No sabía nada, te lo prometo.
Snape volvió a mirar a Hermione, que esperaba su respuesta, nerviosa, y luego contempló el pequeño cuerpecito que dormía plácidamente entre sus brazos. El hijo de Harry. El hijo de la insufrible sabelotodo. Se levantó de la cama despacio, se dirigió con pasos calmos hasta la cunita, donde depositó al bebé ya dormido sobre el colchón, para cubrirle amorosamente con las suaves sábanas. Había visto llegar al mundo a ese pequeño y, no podía negarlo, le había robado el corazón. El niño se revolvió en su sueño y agitó las pequeñas manitas en el aire. Era una criatura tan indefensa, tan necesitada de que le protegieran del mundo… y él podía protegerle, no permitiría que nadie le hiciera daño. Más aún: cuando fuera mayor podría enseñarle cómo protegerse a sí mismo. Sin embargo, ¿cómo podía considerarse la persona indicada para hacer eso, él precisamente? El hombre se irguió, se dio la vuelta para enfrentarse de nuevo a los dos Gryffindors, y carraspeó suavemente.
—La verdad, no se me había ocurrido pensar que… yo… no sé qué decir, Granger.
—Entonces di que sí, Severus —le instó Harry, sonriendo de oreja a oreja—. Sé que serás un padrino estupendo.
—¿De verdad es eso lo que quieres? —Insistió Snape, mirando a la joven con cierta ansiedad—. ¿Estás segura de que deseas que alguien como yo sea su padrino?
—Sin ninguna duda, Snape —contestó ella—. La cuestión es: ¿quieres tú?
Snape se pasó una nerviosa mano por el pelo.
—Creo que lo que quiero ahora mismo es un trago.
—Claro —Hermione salió de su rigidez e hizo aparecer con presteza un vaso con tres cubitos de hielo, abrió la botella de whisky, dejó que el líquido ambarino se derramara en él y acto seguido se lo entregó a Snape—. Toma. Creo que es la misma marca que tenéis en casa, ¿no?
Así que la insufrible sabelotodo se fijaba en los detalles. El hombre no contestó, se llevó el vaso a sus finos labios y lo apuró de un solo trago. Hermione se lo volvió a llenar y Snape le dio otro buen sorbo, cerró los ojos, y ésta vez lo saboreó antes de tragarlo.
—Sí, es la misma, Hermione, su marca favorita —contestó Harry por él, para luego añadir con humor—: Creo que deberías considerar que si Severus acepta el cargo, convertirá a Timmy en un Slytherin bebedor de whisky.
—Si acepto el "cargo" —intervino entonces Snape, con el ceño fruncido—, no consentiré que nadie le llame Timmy, su nombre es Timotheus, por si no lo sabes. Y ciertamente me aseguraré de que no pruebe el alcohol hasta que sea mayor de edad.
—¿Quiere eso decir que aceptas, Snape? —Preguntó entusiasmada Hermione, clavando en él su dulce mirada de caramelo.
Tras una pausa, el hombre paseó su negra mirada de un Gryffindor a otro, dio otro gran trago a su bebida y dijo:
—Bueno… si voy a ser el padrino, lo más conveniente será que empieces a llamarme Severus, ¿no crees, Hermione?
Hermione se abalanzó sobre Snape en un impulso y le dio un beso en la mejilla antes de volver a separarse de él rápidamente. Snape pareció algo descolocado por la efusividad de la joven. Harry le miró sonriente, adorando a ese hombre esquivo, altivo y distante como ninguno, pero que podía ser increíblemente tierno y dulce cuando menos lo esperabas.
—Gracias, Sna… Severus. Gracias —acertó a decir Hermione.
—No me lo agradezcas todavía —dijo el hombre, irguiéndose mucho y alisándose la túnica dignamente después de la imprevista muestra de afecto de la joven—. Tienes que saber que voy a ser muy rígido con ciertas normas de conducta, y también que…
—Oh, cállate ya, Severus —Harry se levantó de la cama y se abrazó con fuerza a él, apoyando su cabeza en el pecho de su amante—. Sabemos perfectamente que eres un trozo de pan, aunque te guste disimularlo —se separó un poco de él y con el brazo derecho instó a la chica a que se acercara—. Vamos, ven Hermione, abrazo de familia.
—Pero, ¿qué…? —Protestó Snape.
Pero la chica ya se había colgado de su cuello, mientras abrazaba con su mano libre a Harry, estrechando a los dos hombres con fuerza, cortándole a un tiempo la respiración y la protesta.
Snape, vencido, cerró la puerta con un golpe de varita. Si iba a dejarse sepultar por un abrazo de familia -porque para bien o para mal, ahora eran una familia- quería que fuera lo más privado posible y a salvo de testigos indeseados. Una vez se sintió seguro de que nadie irrumpiría en la habitación repentinamente, rodeó el cuerpo de los dos Gryffindors con sus brazos enfundados en negro y les acercó un poco más hacia sí, con una minúscula sonrisa que, por más que se esforzó, no logró desvanecer del todo.
Nota final:
Y ya está. Se acabó. Esperamos de corazón que os haya gustado, y aun siendo un fic escrito para nuestra querida Amia Snape, queremos que sepáis que esta historia ha visto la luz gracias a vuestros ánimos, comentarios y lecturas. Todas vosotras hacéis posible que queramos seguir escribiendo :)
Esperamos poder vernos muy pronto, con otra historia de nuestro profesor favorito :D
Vuestros comentarios siempre serán bienvenidos, nos interesa mucho saber qué opináis :)
Muchas gracias por concedernos vuestro inestimable tiempo y atención XD
Besos.
Respuesta a review anónimo:
Pandora: Muchas gracias a ti por tus reviews y bienvenida a nuestro fic :)
Como tus comentarios han salido como anónimos y en la historia de Desmontando a Harry ya no te podemos responder, porque ya está completada, aprovechamos para responderte a los dos reviews aquí :)
Nos hace mucha ilusión que nos digas que nuestra historia te parece tan emocionante y te agradecemos el interés por conocer nuestra otra historia conjunta, nos ha encantado saber que las dos te han gustado por igual (ItrustSeverus: y también muchas gracias por leerte mi historia "Reunión de mortífagos" :)).
Sí, el pobre Severus se desespera un poco porque le avasallan esos dos leones, que son de armas tomar, pero él ha soportado muchas cosas a lo largo de su vida, y sabe cómo manejar a un par de jóvenes llenos de energía ;)
Sobre la pasión de Severus... ains, ¡y tanto que es apasionado! Lo que pasa es que Rowling quería que lo descubriera cada uno por su cuenta, por eso no dio pistas en sus libros, pero nosotras supimos leer entre líneas, ¡vaya si supimos! XD
Debemos decir que nuestra intención no era que Desmontando fuera una precuela de Afectos Colaterales, sino dos historias independientes, pero de hecho, también podría considerarse así, ya que no se excluyen mutuamente.
Esperamos que te alegre saber que, en poco tiempo, volveremos a subir un nuevo fic que ya tenemos a punto de caramelo sobre el más sexy de los profesores de Hogwarts ;)
Gracias de nuevo por leernos.
Un saludo.
