Capítulo I
No quiero que seas la mujer más bella
No quiero que enciendas cada madrugada un millón de estrellas
¿Por dónde comenzar?
-Esto está tardando demasiado—fue el pensamiento repentino del castaño al notar como sus abuelos susurraban por lo bajo una serie oraciones incomprensibles para ambos.
La habitación impregnaba un aire misterioso y aterrador si lo pensaba detenidamente. Había velas a sus alrededores y el incienso agregaba un toque místico a la habitación en la que se encontraban, a pesar de que llevaban sentados más de cuatro horas. Y ante tal situación buscó cómo distraerse. Comenzó a aburrirse un poco después de media hora, cuando sus oídos intentaron vanamente de escuchar lo que comentaban los ancianos. Fue inútil.
Prefirió perder su mirada hasta dar con ella. Anna tenía los ojos cerrados, posiblemente para saber de qué se trataba el gran misterio de los abuelos, o era que estaba en un profundo sueño. Dudaba mucho de la segunda, pero todo era posible, ya que pasaba de la media noche. El silencio se prolongó un rato más sacando a relucir un mal humor que ni siquiera él conocía.
-Podemos hablar, tengo mucho sueño y ustedes….
-¡Tú debes callarte, Yoh!—le regañó fuertemente Kino, en un acto nada amigable.
Un mal gesto fue inevitable, obviamente porque no se merecía ser callado de esa forma y ellos controlaban hasta el aire para respirar en esa habitación. Lo justo, le parecía, era que se explicaran y fueran al grano. Esto lo pensaba discutir seria y airadamente, pero ella intervino justo a tiempo.
-Con todo respeto abuela, Yoh está impaciente y tiene razón en estarlo, puesto que tenemos mucho tiempo esperando algo que no llega aún—pronunció Anna con una franqueza y seriedad, que dudó si se refería a su abuela de aquel modo.
Alzó su vista y en aquellas gemas dorado podía distinguir el fuerte y valeroso espíritu de la mujer que lo acompañó con gran virtud en sus batallas. Levantó su vista e hizo contacto visual con él, dándole la pauta para continuar, porque ella estaba a su lado acompañándolo.
-Anna tiene razón, abuela, dinos para qué estamos aquí. Tanto silencio me enloquece-agregó decidido y firme, tal y como Anna quería que hablara.
Ella estaba intrigada por esa situación, pues no todos los días les pedían acudir con urgencia a la casa en Izumo, y si no le fallaba la cuenta, no había nada que festejar. Pero, las palabras de Yoh se quedaron al aire, más cuando todos guardaron silencio y se miraban los unos a los otros. Keiko y Mikihisa, repentinamente, los observaban con curiosidad y un extraño brillo en los ojos.
-Su deber es esperar, no deben ser impacientes—se decidió a contestar Yohmei algo molesto.
Aunque su actitud no fuera la adecuada, Keiko se levantó de su asiento y se dirigió al armario cercano, de donde sacó una pequeña caja. Entonces, cada uno adoptó una seriedad sepulcral, aquella a la que tanto temía Yoh desde niño.
-Vamos a comenzar la ceremonia-indicó Kino, a pesar de que Yoh miraba un poco confundido esa actitud fuera de lugar, después de todo, ellos ya no eran más unos niños.
-¿Comenzar qué, abuela?-cuestionó airadamente el shaman, quien observaba como sacaba varios objetos de la pequeña caja.
Más cajas. Diminutas y de varios colores, algunos tenía aspecto viejo, en verdad oxidado, como si fuera un verdadero ritual, pero ninguno había recibido algún entrenamiento o purificación así que no justificaba nada de lo que hacían.
-Calla, necesito concentrarme—objetó Kino enfadada, mientras cantaba una oración sumamente extraña, mucho más que las de la itako.
Anna tampoco comprendía aquella situación, y se notaba en su semblante, incluso el rezo le sonaba familiar, pero no recordaba con exactitud por qué. Miró a su prometido, él permanecía quieto, atento a cada uno de los movimientos de la anciana, y en ese breve instante recordó lo que años atrás le habían enseñado sus superiores. Aquella oración era la bienvenida a una nueva etapa, ellos tenían pensado cambiar algo importante, pero… ¿qué era tan importante para hacerlo a media noche?
Ello se prolongó durante una hora más, consiguiendo a su vez que el sueño quisiera vencer al heredero de los Asakura. Anna suspiró antes de pegarle en la pierna para que despertara y viera como Kino concluía la sesión de abandono. Aunque Yoh realmente no tenía intenciones serias de continuar en la habitación con sus abuelos.
La abuela calló abruptamente en el rezo y fue colocando dos sobres en la mesa. Inmediatamente les indicó que tomaran uno. Yoh con algo de sueño tomó el suyo. No emitió alguna queja o pregunta respecto a eso, simplemente acató la orden, para minutos después cuestionarla abiertamente.
-¿Y esto es todo?—francamente lo dudaba y sí así fuera estaba dispuesto a replicar, pero Anna fue quien respondió a sus quejas con otra pregunta.
-¿Es esto un listado para hacer una fiesta?—abierta y sencilla pregunta que acompañó Yoh en cuanto abrió su sobre.
Un poco asustado. Su reacción fue inmediata al ver los cientos de números que estaban escritos en una hoja. Eso debía ser una broma o cuando menos una burla muy mala por lo que veían, porque aquello era una serie de instrucciones para la preparación de una boda.
-¿Qué significa esto, abuela?- interrogó nuevamente el shaman con total incredulidad. La anciana casi lo golpeaba por su pregunta, ¿Acaso era posible tanta inocencia en el Shaman King?
-Lo que necesitarás de ahora en adelante, porque a partir de este momento tienen tres meses para la preparación de una boda espectacular—les mencionó Keiko con gran entusiasmo y alegría, mientras la rubia seguía sin creer esas palabras. ¿Se iban a casar? ¿El momento había llegado?
El anciano les entregó un par de cajas que momentos atrás había sacado de la más grande y que ahora se encontraban en el lugar donde la abuela rezaba con gran concentración. Ambos abrieron las cajas y fue una enorme sorpresa al encontrarse dos sortijas de plata del mismo diseño y tamaño, en verdad fue una sorpresa para el shaman que casi tartamudeó las últimas palabras de su madre.
-Como dijo tu madre, tienen tres meses para planear la boda. Es algo fuera de tradición, pero sabemos que ustedes tienen el derecho de elegir las cosas que quieren usar, por eso el vestido tradicional de la familia no lo portarás en esta ocasión, Anna—declaró Yohmei en un gran llamado a los dos jóvenes que lo miraban absortos.
-Pero las sortijas han pasado de generación en generación-intervino rápidamente Mikihisa, haciendo perfecto énfasis en las argollas matrimoniales, ya que las miraban un tanto extrañados, pues conservaban un brillo muy peculiar, prácticamente como si fueran nuevas.
-Es un símbolo activo de su compromiso, y hasta que no tengan los anillos de oro su compromiso no habrá llegado a su fin. Véanlo como un reto que les imponemos. Queremos asistir a ese evento tan especial-agregó Keiko motivada por la espectacular boda que veía en mente, quién no podría imaginarla teniendo dos seres tan atractivos como ellos dos.
Anna se sentía un poco incómoda, especialmente cuando Keiko abrazó a su hijo. Ellos jamás tenían contacto, pero podía imaginar lo que sentía Yoh al percibir una muestra de afecto de su progenitora. Se colocó la sortija y la mujer la abrazó con mucha fuerza y ella se limitó a responder de manera sutil el gesto, después de todo iba a ser su suegra.
Yoh miraba con buenos ojos aquella escena y es que ninguno de los dos tenía ese afecto de sus padres, por eso le gustaba que a veces su madre se expresara de forma más abierta que los demás miembros de la familia. Pero, ellos no parecían ver la noticia como un buen cambio, sino como algo verdaderamente importante.
-Yoh, éste no es un juego. Es una prueba muy difícil de conseguir. Sé que se llevan muy bien, pero esto probablemente les pueda acarrear problemas a su relación—pronunció el anciano un poco más sereno, ya que era una gran carga para unos jóvenes de apenas 18 años.
Las palabras sobraban, no necesitaba que él se lo dijera, estaba consciente del compromiso que adquirió desde sus diez años.
-Por supuesto abuelo, no te preocupes... Todo saldrá bien—respondió el shaman acompañado de su inseparable sonrisa, se sentía tranquilo a pesar de que presentía que sería una gran proeza de cumplir.
Se colocó el anillo en la mano derecha y salió de aquella habitación. La velada transcurrió tranquila, pero él no podía conciliar el sueño, no lo tenía, ahora lo que menos quería era dormir. Al final cada uno se había marchado a sus habitaciones. Era una sensación realmente extraña, especialmente porque no imaginaba que el suceso llegaría tan pronto.
Caminó un poco antes de ir a la enorme sala y prender el televisor. No había nada que no fueran infomerciales y francamente no tenía intención de perder su tiempo de esa forma. Repentinamente, encontró unos canales más adelante, una película de época. Hiroshima, mi amor. Una película romántica que pasaban a menudo, especialmente en la época.
-No sabía que te gustara ver cosas de ese tipo—Oyó la voz neutra de Anna entrar a la misma habitación.
Se sentó a su lado mientras observaba el televisor con atención. No creyó que estaba durmiendo, su tono sonaba tan normal y tan indiferente que no se preocupó por preguntarle si ella tenía el mismo problema que él.
-Jamás he visto una película completa, creo que no podría decirte si me gusta o no—pronunció refiriéndose exclusivamente a las tramas románticas de los filmes que pasaban en televisión.- ¿A ti te agradan?
-Ésa es muy trágica—respondió sin realmente contestar a la pregunta de él—Las historias felices son muy escasas en la vida real.
-Ya… ya lo veo—murmuró el castaño mirando con extrañeza aquel beso entre la pareja- ¿Valdría la pena aprender algo?
-¿Qué podrías aprender?—cuestionó confundida sobre el tipo de enseñanzas que refería.
-Tú sabes, Anna, cómo ser una pareja—contestó confiado, con una sonrisa pequeña iluminando su rostro—Ellos se ven y el amor se siente en el aire. Deberíamos intentarlo algún día.
Anna le miró de reojo, como si quisiera contemplar fijamente su semblante y decir seriamente lo que pensaba respecto a ello.
-Ya lo hacemos.
Él le miró con sorpresa, pero no comentó nada más, al menos sabía que tenía una conexión especial en su relación, fuese la que fuese. Así fue como la mañana siguiente llegó y el momento de partir a casa también. Ambos se sentían fatigados, pero eso era lo de menos para los abuelos, que tenían prisa porque se marcharan. Kino fue la primera en darles indicaciones cuando se encontraban en la entrada principal.
-Esto no se acaba aquí, cuando falte un mes vendrán y ambos recibirán un adiestramiento especial, un entrenamiento espiritual, así que no importa las condiciones los veremos en dos meses—dictaminó con sequedad mientras Yoh luchaba por no bostezar frente a ellos.
-Por supuesto, aquí estaremos en dos meses—respondió la rubia antes de que la anciana se percatara del aislamiento de Yoh.
-No olviden cumplir cada detalle de la lista, aunque sé que no me tengo que meter, les doy una tarjeta por si acaso llegan a necesitarla—intervino de manera sorpresiva la madre del shaman, quien llegaba de última hora para despedir a su hijo, ya que únicamente los ancianos se encontraban en ese lugar
Era una tarjeta pequeña, pero con un diseño formal, y en la cual se veía claramente el título de organizador de bodas. Francamente no lo necesitaban, pero aceptó la ayuda de todas formas.
-En fin, deben marcharse, sólo no olviden las indicaciones de Kino—les indicó el anciano con mano firme y un levemente extrañado por el rostro somnoliento de Yoh.
Anna lo codeó antes de que se permitiera cerrar los ojos y antes de despedirse ambos hicieron una reverencia para marcharse, pero la anciana le detuvo un poco al shaman, quien un poco confundido se acercó a la abuela que le susurraba un par de oraciones al oído. A pesar de que le extrañaba todas esas recomendaciones, agradeció el gesto.
-Es una promesa-pronunció sin un ápice de sueño antes de marcharse al lado de su prometida.
-¿Qué fue lo que te ha prometido, madre?—cuestionó la mujer de largos cabellos, que había mirado un poco confundida esa acción.
-Es un pequeño secreto—respondió con una sonrisa mientras entraban a la enorme residencia de los Asakura.
Pronto las dos figuras se perdieron en el tren de regreso a Tokyo. Y llevaban poco más de dos horas de viaje, cuando Yoh despertó de su largo trance, en el que había caído gracias al sueño. Afortunadamente el vagón del tren era exclusivo de ellos y podía recargarse con comodidad en el asiento, aunque no entendía por qué Anna no se encontraba sentada frente a él, hasta que oyó cómo abría la portezuela.
Sólo había ido por comida, por dos almuerzos peculiarmente. Al menos agradecía que ella se preocupara en ocasiones por esos detalles, en vez de despertarlo violentamente para cumplir sus caprichos. Se incorporó ya recibió la pequeña bolsa de papel que traía. Un baguette poco apetecible, pero no podía quejarse, a bordo no había mucha comida.
-Amidamaru no previó que tardaríamos menos de tres días—comentó preocupado al recordar que su espíritu vagaría una semana antes de regresar a casa.
-Yo puedo llamarlo, ese no es problema—resolvió Anna de inmediato, especialmente cuando él solía olvidar con facilidad sus habilidades.
Pero no lo hacía y eso le obligó a recordad que debía plantear un tema delicado con ella, en el cual no necesitaban hablar más del espíritu del samurái. Aún existía algo de vergüenza y limitaciones, pero era hora de comenzar a entablar algo realmente cercano. Su entendimiento era mayor, pero la demostración de ese amor no llegaba a su punto cumbre.
-¿Qué opinas de todo esto, Anna?—se atrevió a formular de una forma imprevista, desconcertando un poco a la rubia por tal cuestionamiento.
-¿Cómo que qué opino de todo esto?—respondió con evasiva y dureza a su pregunta, pero después de que él le mostrara el sobre que contenía el listado comprendió sus palabras—Oh… Era algo que tarde o temprano ocurriría, ¿o no?
Y su lado pensativo salió a flote, sobre todo cuando su vista se posó en el par de argollas que tenían puestas.
-Bueno a decir verdad era algo que no me esperaba, incluso puede que sea demasiado pronto, ¿no crees?—o al menos eso era lo que él pensaba, después de que los ancianos les dejaran en claro qué querían de ellos y más con la presión que tenían encima.
-¿Demasiado pronto para qué? Ni que fuera del otro mundo organizar una boda—respondió molesta, en su tono más frío, como si el hecho de casarse fuera algo atroz, ¿acaso su inconformidad era por algo más que el tiempo?
Pero esa molestia Yoh la ignoraba completamente y en vez de observar esos detalles, prefirió abrir su sobre y sacar todo el listado.
-¡Ya viste tu lista!—exclamó sorprendido—O es que solamente la mía tiene 101 cosas por hacer
Anna evitó hacer comentarios antes de abrir su sobre. La verdad no lo había hecho con anterioridad por ver la reacción del castaño, aunque ahora ya no estaba tan segura de lo que quería. La hoja tenía una serie de instrucciones y era sin duda un largo listado estratégicamente doblado. El shaman no era el único que tenía una infinidad de cosas por hacer, ella estaba en la misma situación. Observó rápidamente la lista, cuando se topó con algo que le avergonzó de manera notable.
-Tal vez, pero muchas de ellas no son necesarias—respondió la rubia ocultando esa parte de la lista sólo para borrar de su mente esas ideas bochornosas.
-¿Te refieres a las pláticas de vida marital?—infirió en forma inocente el castaño, ya que su listado también tenía esas dos últimas de la misma manera y las resaltaba con mucho ahínco.
Anna se escandalizó por la forma tan sencilla en que lo tomaba si es que entendía de qué iban esas clases.
-¡Cállate, no digas eso!—exclamó la rubia silenciando al castaño por su imprudencia y falta de tacto por ello.
Aunque para Yoh, aquella fue una reacción muy buena y no pudo evitar reír.
-Lo siento—dijo sinceramente—es que hay cosas que no entendí muy bien y precisamente esas las dejaron al último, además de subrayarlas con letras más oscuras.
Una buena excusa, pero no era suficiente para ella, que sabía perfectamente porque habrían de remarcar eso: para que lo cumplieran al pie de la letra.
-Sí, pero no es necesario que lo menciones, podemos sólo fingir que las hemos cumplido y ya. No es necesario cumplir cabalmente la lista—sugirió en forma ruda y avergonzada, aunque estaba consciente de que esos últimos no los podría evitar jamás.
Yoh sonrió en un gesto leve y autentico, mientras guardaba su listado en el sobre blanco. Agradecía no tener que cumplir cabalmente todo, o al menos en apariencia.
-¡Qué bueno, una menos!—comentó agradado con la actitud de su futura esposa—Pero aun así, por dónde empezar, es algo muy confuso ¿Por dónde empezarás tú?
Levantó la mirada un poco más esperanzado al notar como ella se mostraba tranquila.
-No lo sé—contestó sinceramente la itako. Era sin duda mucho trabajo, pero lo más lógico era empezar con la primera anotación. Aunque nada llevaba un orden en sí—Supongo que lo primero que tienes que hacer es encontrar el organizador del evento. Tienes que encontrar un padrino que sustente todo y a quien puedas encargarle las cosas que no harás tú.
Concluyó mientras una sonrisa irónica se dibujaba en su rostro, eso no era problema porque ya tenía a la persona ideal para el puesto.
-Localiza a Manta, lo vamos a necesitar.
Continuará…
