Caballos de Mar
Capitulo 22
Narcissa atravesaba los corredores blancos de aquella unidad de salud muggle. Le había llegado una carta del hospital de enfermedades mágicas diciéndole que se presentara con el médimago Wildember en su despacho, era de suma urgencia que hiciera acto de presencia de inmediato. Aseguraba que el tema a tratar era muy delicado para mencionarlo en su misiva pero de total interés para la familia Malfoy.
La aristocrática mujer temía que fuera algo referente a su hijo, aunque quería creer que se trataba de él. Otra opción era que Hermione hubiera dado a luz prematuramente y hubiera muerto en el parto y ahora ellos tendrían que encargarse de cuidar al bebé. No era tan mala idea, sería como volver a tener a Draco en casa.
Llegó al despacho que le indicaba en la carta y con brevedad y elegancia golpeó con los nudillos la superficie de madera. Escuchó movimiento dentro y aguardó a que la puerta fuese abierta. Realmente no pasó mucho tiempo cuando la entrada se abrió y apareció en el marco de ella el que conocía como el médimago Wildember. Él la invitó a pasar rápidamente y cumplió con invitarle a algo de beber y preguntarle su estado de salud y el de su esposo.
—Iré al grano con usted señora Malfoy. Encontramos a su hijo.
Narcissa reflejó inmediatamente la tranquilidad y alegría que había imaginado y soñado que causarían esas palabras en cuanto las escuchara, pero la cara del médico le decía que no todo era miel sobre hojuelas.
—Por su expresión, asumo que sabe o tiene una idea de lo que pasó —los modos solemnes del sujeto frente a ella le estaban poniendo los pelos de punta pero en silencio aguardó a que él continuara—. Draco se encuentra muy mal. Lo peor del caso es que por políticas tanto de éste como el hospital donde está ingresado no podemos simplemente trasladarlo. Necesitamos que usted, su esposo o la esposa de su hijo lo identifiquen frente a una autoridad del hospital.
—¿Qué le hicieron esos muggles?
—Dudo que ellos le hicieran algo señora Malfoy. Podemos movilizarnos para hacer el traslado esta misma noche —miró su reloj de pulsera que marcaba las cinco de la tarde—. Draco necesita atención inmediatamente.
Narcissa se puso de pie y con un rotundo "vamos" se dirigió a la puerta y esperó a que el médimago le abriera la puerta. Mientras tanto, con un movimiento de varita el sujeto cambio su ropa por un atuendo muggle mientras Narcissa lo escrutaba escrupulosamente y con mala cara hizo lo mismo que él.
A pesar de ser un atuendo totalmente diferente Narcissa Malfoy estaba muy bien vestida para la ocasión. La falda que llegaba a mitad de sus pantorrillas, por ser muy ajustada hacía resaltar su esbelta figura y esas largas piernas. Llevaba unos tacones escandalosamente altos, los cuales parecía saber usar de forma espectacular, sin mencionar que iban muy de acuerdo a su personalidad.
En la parte superior llevaba un saco de excelente corte que apenas llegaba a su cintura. Todo de color negro, lo cual hacía resaltar su pálida piel y sus ojos azules. Su cabello rubio lustros y con leves ondas enmarcaban su rostro dándole un toque elegante, bello y ausente a lo que la rodeaba; parecía una de esas mujeres a las que la humanidad no merecía. Respecto a esa personalidad tan arrebatadora que mostraba, muchas veces le había sido hecha la pregunta de cómo era que, odiando a los muggles de la forma en que lo hacía podría vestirse tan bien y pasar totalmente desapercibida. Ella sólo decía que el hecho de que la ropa muggle fuera tan horrorosa no justificaba el vestirse con harapos que la hicieran ver mal.
Lucius se mostraba de acuerdo con su forma de ser, por supuesto que estaba de acuerdo con su esposa que de estilo sabía muchísimo más que una persona común. Por el hecho de ser de Draco de quien se trataba todo eso y Lucius con sus asuntos pendientes con el director y personal que ayudaría al asunto de Draco ella había sido la delegada a saber que tenía que decirle el médimago.
Caminaban por los pasillos de aquella séptica unidad médica. Todo era blanco, las paredes estaban desnudas, apenas colgaban de ellas unos cuantos paisajes, las luces del techo brillaban de una forma que resulta casi exasperante. No se imaginaba su casa nunca tan iluminada.
En el trayecto por ése(ese) pasillo había visto varías habitaciones con muchas camas separadas por cortinas para intentar dar a los usuarios de los lechos cierta sensación de intimidad. Esos muggles y sus fracasos estrepitosos.
Siguió al médimago y al sujeto que los había recibido en el vestíbulo del edificio. Ellos doblaron a la derecha y entraron a una habitación muy parecida. Había seis camas cada una con su cortina azul cielo. A su derecha había tres camas, dos de las cuales estaban desocupadas, la del centro tenía postrado a un hombre que aprecia inconsciente, estaba conectado a varios aparatos incluyendo uno que hacía un sonido de respiración bastante alto. Era exasperante.
La faceta fría que la había acompañado hasta el momento se quebró totalmente al ver a su hijo en la cama más alejada del lado izquierdo de la habitación. Estaba conectado únicamente a un gotero cuya manguera se insertaba en su mano la cual tenía totalmente cubierta por un moretón. Tenía la piel de un amarillo que por nada del mundo podría ser sano, los ojos hinchados y rodeados por una sombra morada, los labios resecos y agrietados. Su pecho subía y bajaba trabajosamente como si le doliera cada vez que jalaba oxigeno a su interior.
—Tuvimos que quitarle todos los aparatos, sólo le dejamos la venoclisis para pasarle los medicamentos y contrarrestar la deshidratación crónica.
Narcissa lucía aterrada, no podía despegar los ojos de su hijo y cualquier sonido le llegaba lejano, como si estuviera bajo el agua. Sus oídos zumbaban de forma horrible y la visión se le empañaba de repente. Quería gritar pero los sonidos se atoraban en su garganta.
—¿Qué le hicieron? —Murmuró sin apenas darse cuenta de lo que hacía. Cuando reaccionó los dos hombres la sujetaban con fuerza y la mano del muchacho sangraba. Le había arrancado el catéter de la vena en un arranque de ira y la sangre fluía fuera de la herida por donde había estado la aguja.
De repente todos miraron la herida sin mover un músculo, la sangre dejó de fluir y por la herida en la vena comenzó a salir agua, nada más que agua. Todos los presentes supieron que era lo que le habían introducido a su organismo por vía intravenosa.
Dejaron fluir todo hasta que los parpados de Draco se apretaron un segundo para comenzar a abrirse segundos después.
—Hermano —la voz del médimago rompió el silencio que se instaló en la sala— tenemos que llevarlo a San Mungo, un mago rechaza todo lo que sea sintético, sobre todo medicamento, no podemos dejarlo aquí más tiempo ó morirá.
—El tramite es complicado, necesito llenar la forma incluyendo el nombre del hospital a donde lo van a trasladar así como la firma del director. No es sólo sacarlo y listo.
—No me importan sus estúpidos tramites— Narcissa sacó su varita del bolsillo y la dirigió a su hijo que pareció salir de la especie de sopor en el que había estado. Le miró y casi imperceptiblemente sonrió, en su interior se dijo a sí mismo que ahora estaría bien—. Me lo llevaré.
Lo tomó entre sus brazos y se esfumaron en el aire. La cama que había estando ocupando el muchacho quedó sola, y el colchón, aún hundido donde había permanecido comenzó a acomodarse en su forma natural.
Ambos hombres suspiraron.
—Tengo que hacer la declaración de que el paciente desapareció.
—Yo necesito ir a buscarlo para llevarlo al hospital. Te veo en la cena del viernes.
—Sí, nos vemos. Recuerda que te toca poner el vino— ambos hombres comenzaron a caminar—. No vayas a llevar lo de la última vez.
—Mejor no tomes como la última vez.
~*~
Narcissa lo recostó en la cama adoselada de su propia habitación con sumo cuidado. Llamó a uno de los elfos domésticos y se metió al baño para salir un minuto después con un receptáculo lleno de agua y varias toallas blancas colgadas del brazo.
Rápidamente se dirigió a secarle el sudor de la frente y a bajarle la fiebre que comenzaba a gestarse en su organismo. Colocó toallas húmedas en su frente y en el camino le acarició el cabello con la delicadeza que sólo una mujer como ella podía hacerlo, únicamente cuando se trataba de su hijo.
Lucius entró corriendo al escuchar el alboroto que se había gestado en la habitación y se paralizó al ver a su hijo tendido en la cama con ese color insalubre en la piel, los ojos cerrados, la cara sudorosa y la actitud de su esposa tan agitada y hacendosa. La herida que comenzaba a sangrar por la mano de Draco lo dejó descolocado por un minuto pero logró reaccionar a tiempo para correr por una toalla empapada en agua y cubrir la mano completa con ella.
—¿Qué pasó? —Cuestionó el hombre sin dejar de sostener la mano de su hijo.
—Ésos muggles estúpidos lo tenían, mira lo que le hicieron —ella no dejaba de trajinar de un lado para otro acomodando las almohadas, haciendo hechizos de limpieza y cambiando las toallas sobre la frente del joven.
—Llamaré a un médimago; veré si Severus puede venir —dejó la mano de Draco con delicadeza a lado de su cuerpo inerte y prácticamente corrió hacia la puerta.
—Rápido Lucius, no quiero que le pase nada a mi hijo.
Lucius caminaba aturdido por los pasillos de la mansión hacia el despacho donde se pondría en contacto con Severus. Hacia veinte minutos que había estado reunido con él y con Dumbledore, pero no se habría imaginado nunca que al regresar a su casa encontraría a su esposa atendiendo a su hijo en ése(ese) estado.
Tomó un puñado de polvos flu de la cajita de plata sobre la chimenea y los arrojó al fuego provocando un flamazo de llamas verdes. Exclamó con claridad la oficina de Severus Snape en Hogwarts y se sentó a esperar sobre el sillón aterciopelado frente a la chimenea. El fuego volvió a agitarse y Severus Snape salió de ella entre fuego y telas negras. Se sentó en el sillón que estaba al lado del que ya ocupaba Lucius.
—Tú dirás.
—Draco está en mi habitación, Narcissa está con él —por su cara, era fácil deducir que hablaba enserio y por un momento la cara de Snape reflejó la incertidumbre que sentía.
—¿Dónde estaba? — Severus regresó sus pasos y se giró para verlo a la cara.
—Narcissa lo encontró en un hospital muggle.
Al llegar a la habitación, Severus se quedó totalmente estático al observar el estado del muchacho; el corazón se le había ido a la garganta y no lo dejaba respirar. O tal vez era la impresión de lo que estaba viendo, pero una cosa si era segura, en todos sus años jamás la visión de un ser herido le había causado tanto revuelo a sus emociones. La piel demacrada la sentía propia, las llagas le escocían su propia piel y podía sentí bajo la cara sus propios huesos resaltados cadavéricamente. El revuelo que causaba Narcissa en la habitación yendo de un lado para otro y al mismo tiempo haciendo nada de provecho lo sacó de su ensimismamiento y dio la vuelta. Lucius se puso en su camino y él lo miró a los ojos en posición desafiante.
—Tengo que ir por algunas pociones reconstituyentes, también es necesario que avisen a Dumbledore y a Granger, estará preocupada. Lucius, llamen a un médimago.
La noticia de la reaparición de Draco fluyó más rápido que la humedad en un castillo abandonado. Dumbledore, al enterarse por boca y prisas de Snape, detuvo todas las búsquedas y mandó a todos los miembros de la orden a descansar. Por otra parte, cuando la noticia llegó a ella por boca de sus dos mejores amigos se emocionó sin saber a ciencia cierta por qué.
—Quiero verlo, ¿dónde lo encontraron? ¿Cómo está? Supongo que no vendrá a verme, pero si lo ven díganle que me preocupé mucho; que digo, no creo que lo vean, ¿verdad? Ustedes nunca lo han querido —aquello último les sonó a reproche pero guardaron silencio para seguirla escuchando—, jamás aceptarán nada que ver con él. Ya sé que es un zángano, malnacido, desgraciado, promiscuo, hijo de sangre limpia y apestoso pero es el padre de mi hijo y no puedo ignorarlo ¡ay!
Hermione se puso la mano en el bajo vientre cuando exclamó con un ligero tinte de dolor, sin dejar de sobarse regresó la vista a sus amigos.
—Creo que sólo fue una patadita— Ron y Harry suspiraron pero enseguida se les fueron los colores al suelo de nuevo al ver la cara de estupefacción de Hermione. La vieron ponerse tiesa y aferrarse a las sabanas y la pijama que le cubría el vientre, como se ponía de mil colores y finalmente escucharon el goteo de algo, un liquido transparente que escurría de la cama de la castaña—, no fue una patadita, creo que ya va a nacer —los tres guardaron silencio y no movieron ni un minúsculo músculo por lo que parecieron horas— ¡No se queden ahí como idiotas, vayan por un médimago!
~*~
A muchos kilómetros de distancia, en la alcoba del tercer piso, perteneciente al hijo del matrimonio Malfoy, despertaba gritando agitado el dueño de la habitación. Algo sentía en el vientre, una presión como si lo apretaran para que expulsara sus entrañas por la boca. Sentía el dolor lejano y a la vez tan presente, como si no fuera suyo, pero sí de alguien con quien mantenía un lazo demasiado fuerte y apretado a su corazón. Decir que era tal y como lo había enseñado su padre toda su vida era una vil mentira; emitía rugidos de dolor a grito pelado. Era fácil deducir que tras eso quedaría afónico y con la garganta muy lastimada; pero no podía evitarlo, el dolor era demasiado.
Inmediatamente calló en cuenta de dónde provenía el dolor. Supo en el momento que su hijo estaba a punto de nacer. Abrió los ojos de golpe y asustó a sus padres que se habían inclinado sobre él para ver lo que le pasaba. Podía darse cuenta de la preocupación y miedo que sentían sus progenitores, pero no podía evitarles el dolor.
Cuando el dolor cesó, se incorporó y atropelladamente se quitó las mantas que lo cubrían. Sintió la debilidad inmediatamente, casi cae(se cayó) al piso de no ser por los rápidos brazos que lo sujetaron por las axilas y lo regresaron a la cama. No recordaba cómo había terminado ahí, pero bendita fuera la inconsciencia, porque sentía que habían pasado muchas cosas antes de regresar a su hogar.
Enfocó dentro de su rango de visión a Severus, que había sido quien lo regresara(regresó) a la cama. Estaba su madre atrás de él y su padre a mitad del cuarto con una pose de quien no sabe si dar un paso más o un paso menos. Miró todo a su alrededor para estar realmente consciente de que estaba donde creía y no era un sueño más. Sus labios se despegaron para hablar pero no salió sonido alguno, sino que se dio cuenta de que tenía la garganta totalmente seca y necesitaba beber algo.
Narcissa se adelantó y se posicionó a lado suyo, lo estrechó entre sus brazos y Draco la escuchó gemir. Tal vez sentía que había vuelto a la vida. Se formaron tantas preguntas en su mente, pero lo más importante era saber por qué le había dolido el estómago de esa forma. Era como si hubiera estado a punto de…
—Madre— Narcissa aflojó el agarre alrededor de su cuello y tras unos segundos terminó por soltarse totalmente. Lo miró con la cara acongojada y las lagrimas casi hasta su barbilla. Con un pañuelo se secó y volvió a posar la mirada en los ojos grises de su hijo —¿dónde está Hermione?
—La señorita Granger está en la clínica, ahí ha estado desde que no-sé-qué pasó con ustedes—habló Snape. Draco lo miró con el seño(ceño) fruncido como si no supiera de que hablaba; de un momento a otro su mente estaba totalmente aclarada. Supo (el) por qué de ese dolor, su hijo estaba a punto de nacer.
La puerta se abrió repentinamente y por ella entró una figura totalmente infundada en negro. La túnica pesada caía hasta sus pies y un velo que pendía de su sombrero de ala ancha cubría prácticamente hasta su cintura. Llevaba una vela de color negro en las manos y emitía gemidos guturales. Severus la miró alzando la ceja, luego giró su visión hacía Draco y éste le devolvió la mirada con pesar. Parecía que su hora había llegado.
La figura pasó frente a Lucius y lo dejó atrás como si ni siquiera hubiera reparado en su presencia. A espaldas de la figura el velo arrastraba; Lucius dio un paso hacia ella y lo pisó deliberadamente ocasionando que el velo callera con todo y (el) sombrero hasta el suelo.
Una cabellera negra y corta se revolvió a la orden de una sacudida de cabeza, cuando quedó despejada la cara reconocieron la expresión un tanto perdida, de parpados caídos y ojos grises propios de la familia Black. Nitta Lestrange observó a su alrededor como si no supiera donde estaba parada. Reconoció las expresiones a su alrededor atentas a ella, pero inmediatamente miró hacia el frente donde encontró a Draco sentado en la cama mirándola consternado.
—¡Draco!— exclamó. Se acercó a la cama y se sentó a su lado—. Creí que habías muerto. Ya venía preparada para el funeral, ¿cómo sobreviviste?
—Si no te conociera diría que te preocupaste.
—Ah—soltó una risotada muy parecida a las de su madre— claro que no. No te preocupes, por un momento no lo creí, pero después me hice a la idea.
—¡Wow! Casi te importó. No te preocupes Nitta, estoy vivo aún.
—Nah, no te preocupes, eso tiene solución, lo escucho decir todo el tiempo.
—Señorita Lestrange—, dijo Lucius adelantándose a los espectadores de semejante escena— me alegra que… esté presente, pero Draco no está en condiciones de recibir visitas. Le agradecería que se retirara.
—Casi quedé viuda señor Malfoy, me parece justo que esté con él en sus últimos momentos.
—Nitta— Draco sonó molesto cuando gritó llamando la atención de la chica— No estoy muerto, ni muriendo ni soy tu esposo. Ni lo seré, por cierto. (Me suena mejor: No estoy muerto, ni muriendome. Y por cierto, no soy tu esposo y tampoco lo seré)
En ese momento sintió el dolor estrujar sus intestinos de la misma forma que lo había despertado. Atenazando en el bajo vientre con intensidad, haciéndolo apretar los dientes, cerrar los ojos con fuerza y aferrarse a la cama. Tras lo que parecieron horas, el dolor pasó; volvió a mirar a todos los presentes y, para su desgracia, Nitta seguía ahí.
—¿Decías, querido?
Draco no escuchó más, se puso de pie y jaló lo primero que encontró a su alcance para vestirse y salir apresuradamente. Los tres adultos lo vieron, impresionados por la urgencia que impregnaba sus movimientos y asombrados cuando de un portazo abrió las puertas y salió apresurado. Siguieron el mismo camino que él perdiéndolo de vista cuando doblaba en alguna esquina de la casa o tomaba algún atajo; la razón la desconocían pero sabían de sobra que iría al recibidor.
Cuando lo alcanzaron fue para verlo arrojar los polvos flu a la chimenea y gritar con voz potente su destino: San Mungo.
Por demás está decir que lo siguieron y cuando por fin estuvieron junto a él, estaba doblado de dolor en el escritorio de la recepcionista sin poder hablar y la mujer mirándolo con intenciones de mandar llamar una camilla o alguien de seguridad que lo sacara de ser posible a rastras. Narcissa lo sostuvo mientras el dolor pasaba y Severus y Lucius se pusieron a discutir con la mujer sobre las influencias en el ministerio, lo importante que era que le dijeran cuál era la habitación de la señorita Granger y la rapidez en que se desplazaba un crucio de la varita de Lucius hasta su femenino cuerpo, considerando la dirección del viento, la fuerza de gravedad y los reflejos, en este caso, de la mano que efectuara dicho hechizo.
Sin darse cuenta la mujer y los que estaban atentos a las palabras de ambos hombres, Draco y Narcissa se fueron retirando hacía el pasillo que los llevaría a las escaleras y finalmente a las habitaciones. Tenían una idea del pasillo donde se encontraba y, a estas alturas del día ya la mitad de la orden del fénix estaría presente en el pasillo, pegados a la puerta de la habitación.
Dicho y hecho, cuando por fin llegaron al piso de ginecología y obstetricia vieron un gran cumulo(cúmulo) de gente charlando entre sí, en voz baja y casi en secretos. Se acercaron y llamaron la atención del primer sujeto que les quedó cerca y ese fue Ojo loco Moody. Les dijo que no iba tan aventajada en el trabajo de parto pero que auguraban los médimagos que pronto nacería el niño.
—Grita como si la estuvieran partiendo a la mitad —antes de seguir hablando se le quedó mirando con ambos ojos. Draco se sintió desnudo por un momento y puso sus manos delante de su pelvis, resguardando su entrepierna—. ¿Entrarás?
—No lo sé.
Al mismo tiempo un grito salió de la habitación mientras Draco se doblaba de dolor de nuevo. Molly Weasley apareció de la nada y lo jaló hasta acercarlo a la puerta, la abrió y, sin pensarlo más lo arrojó hacia el interior. Draco, inestable y adolorido como estaba cayó de bruces contra el suelo y no se movió hasta que el grito dejó de escucharse. El dolor remitió poco a poco y abrió los ojos viendo sobre él a varias enfermeras y dos médimagos que le preguntaron por su salud.
Se puso de pie y la vio, después de meses, de verla sólo en sueños donde le decía cosas horribles; estaba despeinada, con la tés(tez) bañada en sudor, con una mueca de dolor en su cara y agarrándose fuertemente de los barrotes de la cabecera de la cama. Tenía los nudillos blancos y los músculos tensos, su vientre apuntaba hacia arriba y tomaba formas extrañas. Cuando sus orbes color miel se fijaron en él, un temblor recorrió todo su cuerpo, dio un paso hacia adelante y después otro; al ver que ella no reaccionaba negativamente, prácticamente corrió en su dirección y sin pensárselo más, la abrazó. Sintió los delgados brazos de ella aferrarse a su espalda y enseguida la escuchó sollozar su nombre.
—¿Cómo supiste? —preguntó la castaña, viéndolo anhelante—. ¿Dónde te habías metido? Estaba preocupada por ti.
—No importa, va a nacer. Sentí los dolores, es horrible. Perdóname por to… —el dolor lo hizo callar de nuevo, se aferraron el uno al otro, apretando los dientes y los brazos, descubriendo que si estaban juntos, el dolor no era tan intenso.
Escucharon la voz de uno de los médimagos decirles que ella estaba lista y que en la siguiente contracción debía pujar, un hechizo la ayudaría a que el parto fuera más rápido, ayudando a la dilatación y a la expulsión del bebé. Posicionaron todos los utensilios necesarios con un movimiento de varita, dejando a Hermione con las piernas elevadas. Draco se quedó a su lado, expectante y sin saber lo que pasaría ahora.
Comenzó a sentir el dolor, naciendo y subiendo por sus entrañas, expandiéndose y refractándose. Atenazando sus caderas y bajo vientre. Sintió la mano que sujetaba la de Hermione apretarse bajo la fuerza de su agarre sintiendo que en cualquier momento se romperían sus falanges. Aún así aguardó, cerró los ojos y apretó los dientes hasta que un grito agudo y desesperado inundo sus oídos.
Segundos después, mientras escuchaba la respiración forzada de Hermione, supo que era padre.
—Es un niño —dijo el médimago encargado del procedimiento—, señor Malfoy, ¿quiere cortar el cordón?
Draco dio un paso, miró a Hermione como regulaba su respiración y mantenía los ojos cerrados. Poco a poco fue soltando el agarre de su mano y se acercó a los pies de la cama. Sus ojos viajaron automáticamente a la figurita roja, hinchada y bañada en sangre y cosas blancas. Berreaba con fuerza apretando los puños y los ojos. Por un momento pensó que debería parecerse a Hermione.
—Draco, ¿cómo es?
—Se parece a ti. Tiene tu cara —. Tomó las tijerillas que le ofrecía una enfermera y cortó donde le había indicado el médimago. Envolvieron al pequeño en una sabana limpiándolo en el proceso y se lo ofrecieron para que lo cargara y se lo llevara a la mamá, pero no quiso. Levantó las manos a nivel de sus hombros y las sacudió negando. La enfermera, ya acostumbrada a las diversas reacciones de los padres primerizos caminó hacia la muchacha y lo dejó en sus brazos.
—Draco, míralo —Draco miró—, es hermoso.
—Sí, hermoso. Creo que se parece a tu papá —Draco, que se había agachado a nivel de Hermione para ver más de cerca al bebé, se irguió y miró al médimago que seguía presente—, ¿se le quitara lo feo algún día?
—¡Draco! —gritó la chica, aguantándose la risa al mismo tiempo. El bebé comenzó a llorar de nuevo y Hermione lo balanceaba de un lado a otro para calmarlo— papi bromeaba bebé, no eres feo, eres hermoso.
Draco de verdad estaba comenzando a apreciar la belleza interna del bebé, considerando que acababa de nacer y estaba algo sucio e hinchado; cuando de pronto algo comenzó a sentir en su pecho. Era la sensación más extraña que había sentido en toda su vida. Como si un torbellino lo jalara desde afuera hacia el centro de su pecho, justo al lado de su corazón. Eso, combinado con el hecho de que no escuchaba nada, ni el llanto del niño, ni las palabras de los médimagos y de Hermione que lo veían con la duda de si se sentía bien. De haber podido contestar su respuesta habría sido no.
No se sentía bien al ver a Hermione gritar porque el bebé había dejado de respirar. Porque Draco no la escuchaba y se veía su mirada perdida. Porque el alboroto a su alrededor hacía que se sintiera más confundido y más perdido. Pero más que nada porque sentía esa nube negra que lo estaba cubriendo a él y al bebé.
La preocupación de que algo le estuviera sucediendo al bebé por su culpa le oprimía el corazón y sabía que Hermione no lo perdonaría, así como tampoco se lo perdonaría él.
~*~
Draco se puso muy raro y Hermione lo vio. Se le perdió la vista en un punto perdido frente a él, se le opacaron los ojos y se quedó muy quieto. Apretó las manos hasta que los nudillos se le pusieron blancos y no se volvió a mover. Vio al sanador más joven de los presentes acercarse a él y hablarle pero Draco no respondió ni se movió, su mirada no cambió ni dio muestras de haberlo escuchado. La castaña se intrigó tanto por la actitud recién tomada de Draco que olvidó por un instante al bebé que dejó de moverse entre sus brazos. Cuando reaccionó sobre su existencia el bebé no respiraba, tenía los ojos muy abiertos y opacos.
La muchacha comenzó a hablarle y cuando menos acordó ya estaba gritándole, con sanadores y enfermeras a su alrededor intentando quitárselo de los brazos. Todo se volvió silencio y una nube negra se asentó desde el techo. El pequeño cuerpo entre sus brazos comenzó a brillar, la oscuridad cubrió todo menos a él, como un faro brillando en la oscuridad del océano llamando a quien atendiera la atracción de aquella luz.
De reojo vio la puerta abrirse y por ella entró un hombre anciano, de larga barba blanca y ojos de color azul eléctrico atrás de unas gafas de media luna. Detrás de él entro un sujeto de cabello negro y piel blanca; ambos gritaron algo que nadie escuchó y enfundaron sus varitas gritando palabras en latín. Hermione reconoció algunas palabras pero no supo lo que ocurrió a su alrededor.
Quizá al pensarlo, decidiría que realmente no quería saber lo que ocurría con su bebé y el papá de éste. No quería saber que el oscuro y gran poder de uno de los pedazos de alma del mago tenebroso más poderoso de los últimos cien años estaba saliendo del cuerpo del rubio para pasar al cuerpo del recién nacido.
¡Wiiiii!
Regalo de Navidad xD
¿Me extrañaron? Yo sí.
Joder, entré a la escuela y me absorbió totalmente. Con decirles que no he podido leer nada que no sea Morfología y aún así pasé gracias a los favores de mi profesor T_T pero quién lo manda a hacer exámenes tan difíciles y sin opciones para equivocarse. Pero bueno, no estamos aquí para conocer mis penurias.
Terminé el semestre y aproveché para terminar éste capítulo que tenía ya rato abandonado. Respecto a eso, les comunico que le queda muy, muy poco al fic. Unos dos capítulos a lo mucho, pero no se preocupen, todas las dudas quedarán despejadas. Por cierto, si tienen dudas háganmelas saber y les aclararé todo en el siguiente. Espero subirlo en Enero, ya que en Febrero entro a clases de nuevo y ahora si no tendré tiempo ni de respirar.
Este capítulo quedó corto porque si no lo terminaba aquí no lo subiría nunca, aparte que me pareció adecuado dejarlo aqui, dado los últimos acontecimientos, ustedes saben.
Pasando a otras cosas, desde ahorita les anuncio que estoy escribiendo otro Dramione. Si les gustó mi estilo pues pronto lo tendrán, aún no tiene título, si quieren darme opciones, no se cohíban y den rienda suelta a su imaginación. El que me guste se los comunicaré y el primer capítulo de lo dedicaré.
Bueno, hasta aquí con los anuncios parroquiales (como decía mi profesor de Bioquímica). Muchas gracias por su paciencia y por seguir leyendo.
Cuídense mucho, abríguense para el frío (los que lo sufran) y coman todas sus frutas y verduras. Dejen muchos reviews para que me den ganas de escribir. Jojojo.
