Advertencia: Capítulo con algo de gore y cosas deprimentes.

Soledad


Hijikata Toshizou se asfixiaba con el papeleo interminable frente a su mesa. Al firmar un pergamino deslizó su codo sobre la mesa y el tintero derramó una gran mancha azabache sobre su trabajo. Maldijo entre dientes y levantó el tintero. Al limpiar los rastros negruzcos de su escritorio pudo encontrar un viejo listón rosado que lo embriagó en nostalgia. Había perdido la cuenta de los días desde la última vez que la había visto y, prefería olvidar, que los días pasaban demasiado lento. Solía sentir la luz del día y anhelar las estrellas para por fin poder soñar con un mundo distinto a la monotonía de su interminable ciclo. Siempre extrañaba las sonrisas y las tibias tazas de té que le eran regaladas por cierta persona. Extrañaba el olor a almendras dulces que emanaba con sutileza al admirar su cuello de cisne, como si lo incitara a saborear una fruta prohibida. Extrañaba la sensación de tener una frasada tibia en los hombros cuando caía dormido. Extrañaba tantas cosas que desde hacía tiempo confundía los buenos recuerdos con las ilusiones que sólo se es capaz de vivir en los sueños.

Estaba a punto de tirar todos los papeles a la basura cuando un estruendo llegó desde la entrada de los cuarteles. Bufó molesto por la falta de discresión de sus compañeros. Poco después la puerta de su habitación se abrió repentinamente y se estrelló contra la viga que la unía a la pared.

-¡Hijikata-san!-Gritó Heisuke tan pronto como atravesó el portal -Ven de inmediato, es urgente!- El comandante demonio no tuvo tiempo de reaccionar cuando ya estaba siendo arrastrado fuera de su habitación.

-Oe, ¿qué sucede Heisuke? ¿Ni siquiera te tomarás la molestía de decirme eso?

-¡Hemos traído a Chizuru de vuelta Hijikata-san, ahora está a salvo!

Por varios segundos pensó que moriría por falta de aire. Su corazón se comprimió y luego explotó en júbilo. Después sólo supo que Heisuke lo había dejado de forzar a caminar y ahora sus pies se movían solos tras el joven espadachín.

-¡Heisuke! -Gritó Harada, quien recargaba su peso sobre una pared -Deberías de ser más prudente, Chizuru está siendo atendida por Yamazaki y nadie puede entrar a la habitación en este momento.

-¡Solo será un vistazo rápido!

-NADIE puede entrar Heisuke-chan-Reafirmó Okita de forma autoritaria-Yo también me he aburrido bastante sin mi juguete favorito y deseo verlo, pero me temo que tendré que esperar hasta que Yamazaki-kun nos indique que podemos hacerlo. A menos que quieras entrometerte en su camino y matar a Chizuru-chan de paso, por su puesto.

A Heisuke le dieron escalofríos el imaginarse a su amiga inherte.

-Souji, no es hora de bromear-Habló Harada con tono amenazador.

-Hai, hai, summanai.

-Comandante, dejemos que Yamazaki se ocupe de Chizuru por ahora. Hay un asunto que me gustaría discutir con todos.

-¿Que sucede Saitou-san? -Preguntó Heisuke- ¿No me digas que planeas hacer una fiesta de bienvenida para Chizuru-chan?

La mirada de molestia actúo como ultimatum sobre el menor, quien se escondió de la fiera cólera del pelimorado. Cuando al fin encontró la oportunidad perfecta para hablar, Saitou tosió para aclarar su voz.

-Hace dos noches llegó una carta a los cuarteles con noticias urgentes del clan Aizu. Como todos saben, resultó ser sólo un señuelo para que una de una de nuestras unidades pasara por el Hokkaido.

El vice comandante suspiró cansino.

-Shinpachi, ¿has averiguado quién envió la carta?

El aludido negó con la cabeza en silencio.

-Quien sea que haya sido conocía muy bien al Shinsengumi e incluso a Yukimura-Habló Saitou en la penumbra.

-Esa carta no fue una coincidencia-Habló Harada, mirando al piso como si fuese el único objeto interesante en el universo -Todas las pistas que hemos obtenido nos dirigen siempre hacia él y no hay duda de ello. Fue enviada por Shiranui Kyo.

El cuarto se sumió en silencio.

-Pero ese hombre está de parte de Kazama Chikage-Dijo Heisuke en voz baja.

-Sólo nos queda esperar a que Yukimura despierte para saberlo.


Desde que Shiranui podía recordar, la leyenda de la luna roja siempre atrajo su atención. La historia de toda una dinastia de criaturas mitícas se basaba en un fenómeno que provocaba maravilla en su restringida esfinge y miedo en los seres inferiores. Los demonios eran hijos de un ángel que tuvieron que soportar un castigo por la parte humana que les fue heredada al nacer. Por naturaleza eran seres que nacieron para proteger a los humanos, pero en lugar de ello, fueron inculcados a despreciar y guardar resentimientos .

Un demonio jamás confiará en alguien que no sea un demonio. De ese principio nacían las dos únicas leyes de su sociedad. Jamás desviarse del camino de los onis porque sin importar cuanto deseasen pertenecer con los seres humanos, la maldición de la sangre siempre estaría presente; cumplir la palabra porque, a diferencia de humanos, ellos comprendían que sin confianza no hay nada y los demonios deben de confiar los unos en los otros para poder sobrevivir.

A través de los años muchos demonios fueron corrompidos por los humanos tal como le había sucedido al padre de toda su esfinge. Dejaron todo atrás, incluso la nobleza de su linaje, y formaron parte de un mestizaje con humanos hasta que varias generaciones después quedaban pocos clanes respetables con sangre intacta.

Entendía la esencia de su existencia, pero Shiranui Kyo nunca comprendió como un ángel tan puro pudo corromperse a causa de un humano, cómo las alas níveas de un ser perfecto pudieron tornarse en sangre ¿Qué clase de hechizo podría hacer que la voluntad se convirtiera en cenizas y la moral en una gastada piedra abandonada a la mitad del camino?

La gente solía responder con una simple palabra trivial: amor. El amor para los demonios no existía. Su historia les había enseñado una cruda lección de supervivencia. Para sobrevivir procreaban hijos por mera necedad reproductiva y entre más pura fuese la sangre con la que nacieran, más oportunidades tendrían de continuar existiendo, de no convertirse solo en un mito que cuentan a los niños para obligarlos a irse a acostar.

Sin embargo, aunque amor eran cuatro letras imposibles de agregar a su léxico, conocía el deseo de querer proteger a alguien, de valorar la compañía de una persona y así apreciar el amanecer después de toda la oscuridad. En más de una ocasión llegó a imaginarse viviendo en el mundo de los humanos como un ser común. Ni Chizuru ni el eran humanos pero deseaban comportarse como tales, anhelaban pertenecer a un mundo donde la luz del sol acaricia la piel en un tibio toque y donde las tinieblas son sólo un manto para consiliar el sueño. Sin embargo, los sueños son sólo eso, sueños. Shiranui conocía la sensación resquebrajante de la desilusión de ver la muerte de un sueño y a pesar de ello decidió luchar hasta el final para mantenerlo palpitando como su propio corazón.

Shiranui revisó su maleta con provisiones antes de caminar hacia una empinada lareda. Además de viejas armas que parecían primitivas, sólo tenía dos pistolas con ocho balas de plata cada una. Los demás cartuchos eran balas normales que no servirían de nada y las dejó atrás.

Entre más caminaba la luna parecía acercarse más hacia la tierra como si quisiese acostarse sobre el verde césped. Inhaló la mayor cantidad de aire que le fue posible y una maravillosa sensación de libertad y fuerza circulo a través de sus venas. Las venas de sus manos y brazo se dilataron y palpitaron de una manera tan salvaje que le hizo pensar que podría perder el control en cualquier momento.

Cuando llegó a la cima, el viento sopló con tal fuerza que las copas de los árboles le hicieron una reverencia en señal de sumisión. Miles de hojas volaron alrededor en una danza caótica mientras las nubes cubrían con aun más oscuridad a la noche. Entonces, nada. El mundo quedó mudo de miedo ante la imagen de ojos carmesíes abriéndose paso a través de la penumbra de las pesadillas.

-Has llegado más pronto de lo que esperaba, Kazama.

Podía ver aun desde la distancia como unos ojos fieros intentaban desgarrarlo desde dentro sin compasión. Pero Shiranui Kyo no tenía miedo alguno. Ese sentimiento habia sido remplazado por adrenalina y valor. Su forma humana se desvaneció con cada palpitar. El cabello purpura se tranformó en una cascada de plata y sus ojos brillaron con fuego en el interior.

Su enemigo desvainó su espada y el metal resplandeció de forma peligrosa.

Un momento después, Shiranui Kyo tiró del gatillo de su arma.


La habitación estaba en penumbras cuando el nija médico entró al recinto. Todos los presentes le dirigieron su atención, rogando con la mirada que cualquier cosa que fuese a salir de aquella boca reservada fueran solo buenas noticias.

-Chizuru está fuera de peligro-Habló Yamazaki sin emoción en su voz y al instante se emitieron suspiros al unísono. Después de tanta desdicha por fin la tensión encima de los hombros del shinsengumi se aligeraba considerablemente. De alguna forma, habían recuperado una valiosa razón por la que pelear.

-Sin embargo, hay un par de noticias que no pueden resultar agradables en absoluto.

-Vamos Yamazaki, Chizuru-chan está viva y a salvo, no puede haber malas noticias-Dijo Shinpachi con una sonrisa llena de vitalidad.

-Me temo que las hay.

-¿Está paralítica o tal vez ha quedado ciega? Si fuera eso aun así sería muy divertido-Habló Okita.

El ninja negó con la cabeza.

-Por favor habla de una vez Yamazaki-kun, me estás poniendo nervioso-Confesó Heisuke, rodeándose a sí mismo en un abrazo protector.

-Chizuru sufre de amnesia.

-¿Podrá ser posible recuperar su memoria?-Preguntó Saitou sin aparente interés.

-Puede serlo o no, eso depende de ella.

-¿Cuál es la otra noticia Yamazaki? -Habló Hijikata con autoridad, exigiendo una respuesta inmediata.

El ninja se estremeció en secreto. Durante años entrenó para no tener sentimientos hacia las personas, para ser una sombra que deja la luz atrás y se mezcla con el misterio de la noche. Pero ni los crueles entrenamientos pudieron deshacerse de la parte humana que sientía empatía hacia los demás. Buscó las palabras correctas durante varios segundos, pero no las encontró. Sus labios luchaban en un debate entre hablar o permanecer en silencio.

Entonces el vicecomandante dio la vuelta y salió de la habitación sin emitir ni una palabra.

Todos los presentes ya imaginaban la noticia que se negaba a comunicar la voz del ninja. En cuestión de un par de segundos, toda la alegría y las bromas se marchitaron.


A pesar de poseer un cuerpo superior al de cualquier ser humano, los efectos del agotamiento para los demonios eran los mismos. Sus piernas se habían acalambrado y dejado de responder para dejar sólo una sensación dolorosa.

Los cortes repartidos a lo largo y ancho de su cuerpo drenaban su sangre con lentitud. Sus movimientos eran cada vez más torpes, lentos e imprecisos.

Tiró del gatillo de la pistola. No quedaba ni una bala, sólo el eco del seguro chocando contra el metal y una sombra fúnebre cubriéndolo por completo.

-Shiimata.

La fuerza que ejerció Kazama sobre la katana la hizo perforar su piel. La espada que mata demonios. Había comprobado el horror de verla en acción.

-Es una noche perfecta para morir.

-Nos veremos en el infierno.

La espada salió de su cuerpo con la misma agilidad con la que danzó fúnebre en su interior. Cayó de rodillas antes de que todo su cuerpo se desplomara en la tierra fangosa. Un gemido de dolor escapó del fondo de su garganta. Estaba a punto de vomitar sangre de nuevo. Shiranui se estaba poniendo muy frío, demasiado. La calidez de su palpitante corazón desparecía tras cada gota que convertía el agua de lluvia en vino insípido. A penas estaba consciente de lo que sucedía alrededor, a penas le importaba. Ya sabía lo que le deparaba el destino y no había ninguna sorpresa en particular que pudiera esperar para su último aliento.

Sintió como algo, alguien, presionaba su cara contra el suelo con fuerza. La humillación luego se extendió hasta sus costillas y después sus manos. Podía escuchar sus propios huesos crujir bajo la suela del zapato de su verdugo. Su cuerpo era como un plato de cerámica que se quebró en miles de fragmentos. Un plato que dejó de tener utilidad y se convertía en mera basura.

El tiempo se volvió lento hasta detenerse por completo. Era consciente de que áquel era el fin. Sabía que Kazama lo observaba con toda su furia mientras Amagiri rezaba en silencio para salvar su alma.

Se quedó inmóvil, asborto en un mundo distinto. No había arrepentimientos y el dolor había cesado. Sonrió con debilidad, feliz de haber comprendido al fin el por qué el primer demonio perdió todo para ganar nada. El nombre Chizuru salió de sus labios, a penas lo suficientemente claro para ser audible para sí mismo pero con tanta melancolía que el cantar nocturno de las cigarras quedaba opacado. Entonces el verdugo deslizó su katana de modo grácil sobre su cabeza.

Un momento después la primavera dejaba de regalar flores, el calor del verano se esfumaba de repente, el otoño se despedía con una alfombra de hojas marchitas y el invierno era engullido en su propia nieve.


El presagio de las nubes grisáceas se cumplió y Chizuru escuchó las primeras gotas de lluvia caer sobre las hojas. Cuando se levantó del futón descubrió una sensación de pesadez parecida a una cadena atada a sus tobillos que le impedía llegar hasta la salida de la habitación.

Las tormentas en aquella época del año eran como nieve en el desierto y de inmediato la angustia invadió su cuerpo sin razón aparente. Sólo sabía que debía correr lejos.

Cuando la silueta de un relámpago gruñó con furia, se iluminó con una luz cegadora el otro lado del pasillo y la puerta se deslizo tan rápido que parecía que huía para escapar de la tormenta.

Entonces Hijikata la vio de pie en la puerta. Las flores de sakura pintadas en el papel de arroz eran como una melancólica historia de primavera contada en el silencio del invierno. Permaneció inmóvil por un momento, uno que pareció durar mil años.

A Chizuru se le dificultaba respirar a medida que su corazón explotaba en mil sensaciones diferentes y a la vez, un vacío tan denso como la noche. Aquellos ojos purpuras en frente suyo le causaron angustia y un nudo en la garganta. Los ojos que la miraban con perplejidad eran la viva imagen del misterioso hombre de sus sueños con el que hacía promesas bajo el brillo platino de las estrellas; a la vez, eran como los del hombre que había dejado atrás y que nunca volvería a ver.

Por un momento vio a Shiranui Kyo despedirse en la lejanía y desvanecerse en una nube de polvo. La lluvia dentro de los irís de Chizuru se derramó en pequeños torrentes. Algo en su interior se quebró y no le importó mostrar su debilidad enfrente del extraño samurai porque, de alguna forma, podía ver la tristeza contenida en las arrugas prematuras en el rostro de áquel hombre tal como las coarteaduras en el metal de su katana.

El peliazabache se puso de rodillas para quedar a su altura. Los pulgares del samurai siguieron la línea brillante que las lágrimas habían dejado hasta las pálidas mejillas de Chizuru, secando la tristeza con suma ternura.

Un par de brazos la rodearon con fuerza. Chizuru permaneció inmóvil, respondiendo en silencio al comfortable refugio que el samurai transmitía en su toque. El peliazabache tenía un sútil aroma a flores de durazno mientas que Shiranui Kyo transmitía el esencia de pino fresco. Ambos hombres eran antagónicos: la esencia de la primavera y la esencia del invierno. La calidez de la primavera protegía del frío y pintaba los campos con flores de miles de colores. El invierno abrazaba todo con nieve y escarcha, llevando la naturaleza a un sueño profundo que haría renacer todo con más belleza. Sin embargo, a pesar de las diferencias, el púrpura de los ojos de ambos hombres radiaba una inmensa compasión y lealtad. La joven amaba la alegría de la primavera y también amaba el misterio del invierno.

Hijikata pudo sentir el abultamiento en el abdomen de la joven; aun no era del todo perceptible a la vista gracias al yukata que llevaba puesto, pero al contacto podía afirmarse que la gestación ya estaba en una etapa avanzada. Seis meses probablemente. Mordió el interior de su boca con furia hasta que el sabor metálico de su propia sangre se deslizó a través de su garganta. Lo que más temía se hizo realidad en un instante. Nunca pensó que pudiera sentir tanta rabia. Maldecía al responsable con tanto odio que con tan sólo la fuerza de sus palabras podría matar a cualquiera. Pero ni siquiera ese aberrable ser que pudo usar de una forma tan vil a alguien merecía tanto desprecio como él mismo. Había fallado en protegerla, había faltado a su promesa y nunca, jamás podría perdonarse.

- Honorable samurai, ¿También ha perdido a alguien que ama?-Preguntó la oni en un susurro.

El cuerpo del vicecomandante se puso rígido como una roca.

-Sí, pero ahora seré más fuerte para proteger lo que quiero- Chizuru asintió dando a entender que lo comprendía.

La fuerza del abrazo aumentó de forma sutil. Ya la había perdido una vez. Ahora que la tenía a su lado no la dejaría irse nuevamente, así tuviera que empezar todo desde cero.


Esta historia en principio estaba planeada para ser una colección de drabbles (por eso tienden a ser capítulos muy cortos) pero fui modificando la idea hasta que terminó siendo un longshot. Por ello, a partir de ahora trataré de hacer capítulos de al menos 2000 palabras (ahora si me pondré a trabajar como negra en mis ratos libres, o al menos lo intentaré).

Disculpen los errores que pueda tener la historia, ando en modo zombie, mañana trataré de corregirla.

Muchas gracias por todo su apoyo y generosas palabras.