Sailor Moon © Naoko Takeuchi


V

Cuando Serena regresó a su casa por la tarde estaba de excelente humor pues había encontrado una encantadora pieza de seda verde y un tul blanco con los que mandaría a confeccionar su vestido para el baile. Por consiguiente, lamentaba tener que echar a perder su buena predisposición al ir al establo, aunque sólo fuera para dejar a Sir Endy. Pero cuidar del caballo era un placer al que no estaba dispuesta renunciar tampoco.

Entonces, por primera vez, envió a un sirviente a buscar el equipo para acicalar al caballo y procedió a atender al animal allí mismo, en el patio del frente a la sombra del nogal americano.

Diez minutos después que comenzara la tarea, apareció Darien Chiba— ¿Qué crees que estás haciendo?—preguntó, sin mucho preámbulo.

La apariencia de Darien no era tan desagradable ante el animado espíritu de la muchacha. Contrariamente, él parecía haberse molestado por la presencia de ella. ¿O acaso habría estado cavilando todo el día? Sin duda se lo veía muy irritable en ese momento. Esa idea casi la hizo sonreír.

—Vaya, ¿qué cree usted que estoy haciendo? Me parece que es obvio, ¿no?

Su tono medio condescendiente, medio efusivo lo hizo apretar los dientes de rabia.

—Jadeite puede hacer eso.

—Por supuesto que sí. Pero a mí me encanta hacerlo personalmente. ¿No lo dejé bien claro esta mañana?

—Entonces, ¿por qué no lo haces en el sitio que corresponde en lugar de dar un espectáculo en el patio principal?

— ¿Espectáculo? ¿Sin público? Vamos, no exagere. Y por qué no estoy en el establo es obvio; trataba de evitar su desagradable compañía. ¿Entonces qué está haciendo aquí, arruinando un plan perfecto?

Darien se quedó mirando durante un largo rato a la muchacha y metió las manos en el bolsillo. Luego, con un murmullo agregó—No fue mi intención echarte de tu propio establo.

Eso no podía haber sido una mentira más grande, pero Darien se había aburrido toda la tarde. Lo único que había estado esperando ansiosamente fue el regreso de Serena, no se le había ocurrido que ella podría intentar evitarlo. Muy por el contrario, había estado seguro de que ella estaría dispuesta a pelear hasta las últimas consecuencias y se había entusiasmado con la idea. ¿Y ahora?

—Quizá te deba una disculpa—susurró Darien, casi de mala gana.

—Más que una, ¿pero quién las cuenta?

"Oh, ella lo pide. Uno le cede un centímetro y se cree que ya puede ponerme el pie encima".

—Muy bien, Acepta mis disculpas porque te las ofrezco por duplicado.

Serena logró ocultar su sorpresa. Por supuesto que Darien no parecía sincero en lo más mínimo con esa disculpa. Más bien era como si no le hubiese quedado otra alternativa considerando las consecuencias.

Serena se tomó un momento para pensar qué sería peor para él para optar por disculparse por considerarlo el menor de los males. Y en ese caso, ¿para qué molestarse siquiera?

Pero en el supuesto que él de verdad estuviera tratando de hacer las paces y simplemente se comportara un tanto áspero al respecto, Serena dijo—No estoy segura de que baste una simple disculpa para lo que... —Se detuvo al notar la tensión del cuerpo de Darien y su entrecejo fruncido. "Este asalto es mío, señor Chiba", pensó satisfecha, y sonrió. —Pero, por otra parte, estoy de muy buen humor como para seguir con las peleas. Entonces acepto su disculpa... por duplicado.

Darien casi no la escuchó. Aún trataba de recuperarse del mareo que sintió cuando ella le obsequió esa sonrisa.

¿Quién habría pensado que dos simples hoyuelos serían armas tan poderosas? Estaba azorado, no podía pensar, ni hablar. Se sentía como si le hubieran asestado un buen golpe y lo hubieran dejado sentado de traste en el suelo.

Esa muchacha debió haber tenido pecas, pensó él molesto. ¿Por qué demonios no las tenía? Debía tener algo que echase a perder esa sonrisa radiante, que obligaba a cualquier hombre a querer abrazarla y protegerla por el resto de sus días.

Darien se estremeció mentalmente. Ante la expectante expresión de Serena, asintió con la cabeza, con mucha cortesía, pero desconforme consigo por no saber si ella lo había perdonado o no. Claro que tampoco iba a pedirle que repitiera lo que había dicho. Caminó a su alrededor para apoyarse en el tronco del árbol y observarla. Si rechazaba las disculpas, tendría algo más que acotar ¿no? Por lo menos, le pediría que se fuera. No lo hizo. Solo se limitó a ignorar el hecho de que él la estuviera observando mientras trabajaba.

¡Rayos! Ahora que había obtenido el cese del fuego, que en realidad no deseaba (si es que de verdad lo había obtenido), no sabía qué decirle a la muchacha. La clase de conversación normal que ofrecería a una joven de su clase sonaría ridícula para un "criador de caballos". Por otra parte, le gustaba estar frente a ella en calidad de tal, pues así tenía libertad de expresión, cosa que normalmente no tenía. Ese sí que era un extraño placer: no tener que cuidar su lenguaje ni su temperamento.

—Esta semana iré a un baile en Hampshire. Un baile de máscaras.

Darien arqueó las cejas ante el inesperado comentario. — ¿Y por qué me lo cuentas a mí?

Serena se encogió de hombros. —Porque estoy tan entusiasmada que tuve ganas de decírselo.

—Te refieres a que te dio ganas de refregármelo en la nariz, porque es una fiesta a la que no estoy invitado.

—También eso. —Lo espió de reojo. — ¿Tiene la nariz demasiado sensibilizada?

Darien sólo logró sofocar su carcajada. —No tanto. Yo fui a uno o dos bailes.

— ¿Qué? -exclamó ella. — ¿Esos bailes de máscaras públicos en Covent Garden?

— ¿Cómo acertaste?—respondió secamente.

—No es lo mismo que codearse con duques y condes.

—Ahí me atrapaste, cabeza de chorlito... Pero no montes tan rápido en cólera, señorita Tsukino. Fue sólo un desliz.

Serena no hizo comentarios. Sólo masajeó a la yegua con más vigor. Darien sonrió y notó que ella volvía a ignorarlo. Brillaba cuando estaba enojada; sus mejillas florecían y los ojos destellaban. Darien imaginó que tendría la misma apariencia en el calor de... La tensión de su cuerpo lo obligó a dejar de lado esa idea.

— ¿Por qué es tan especial este baile en Hampshire? —preguntó Darien. —Creí que estarías más entusiasmada con tu presentación en sociedad en Londres, que debe de ser dentro de poco.

Serena se volvió para ofrecerle su entera atención. — ¿Cómo supo que me presentarán en sociedad?

— ¿Acaso todas las muchachas de tu edad no se ofrecen a toda prisa en Londres para conseguir un marido?

—No, no todas, no. Quizá yo no vaya, si las cosas me van bien en Hampshire... oh, salvo por la boda de Mina. Tendré que ir para eso, pero...

— ¿Di qué cosas te podrían ir bien en Hampshire?—preguntó Darien con más aspereza de la que quería. — ¿Estás anticipándote a una proposición matrimonial?

—Por Dios, no—rió Serena—Sólo lo conoceré allí. Mis esperanzas son altas, pero no a tal extremo.

—En otras palabras, ya lo has escogido pero él no lo sabe. ¿Quién es la pobre víctima, a la que le has echado el ojo?

—Le agradeceré que mantenga un tono respetuoso cuando se refiera a mi futuro esposo.

—Entonces no me agradezcas—replicó Darien, ¿Entonces no estás bromeando, verdad? ¿Realmente quieres casarte con un hombre que no conoces?

—Sí—contestó airadamente—Así que puede dejar de preocuparse, señor Chiba. Muy pronto mi corazón tendrá dueño.

—Ah, de modo que también pretendes enamorarte de este hombre sin rostro... ¿Sabes cómo es?

—Bueno, no, pero...

— ¡Ajá! De modo que estás a la pesca de un maldito título de nobleza, ¿no?

— ¿Y si es así, qué? ¿Cree que sería la primera vez que alguien lo hace?

—Por supuesto que es algo que se hace todo el tiempo, pero, por lo general, los nobles siempre quieren algún beneficio. ¿Qué tienes tú para ofrecer?

La mortificó con ese tono sarcástico.

—Bueno, la tregua fue bastante breve, ¿no? —Se volvió para guiar a Sir Endy al establo.

Darien, obstinado, se le acercó. —Lo lamento. Fue un comentario gratuito de mi parte.

— ¿Qué importa un insulto más a todos los que ya me ha dicho? Quizá tenía razón Mina cuando dijo que puede ser una táctica suya para evitar que las mujeres "caigan rendidas a sus pies". Pero ya le dije, no necesita preocuparse por mí. Yo no "caeré", señor Chiba. Fue muy ridículo de su parte asumir que yo me enamoraría de usted... si es que lo pensó. No me atrae en lo más mínimo.

Alerta roja... muy, pero muy roja.

—Esa aseveración puede demostrarse como falsa de inmediato. ¿Quieres que te indique cómo?

— ¿Está pensando en dar un espectáculo en este jardín?

—Por si no te has dado cuenta, ya no estamos en el jardín del frente de la casa sino en el del costado, y sí... ¡caray que lo estoy pensando!

—Bueno, no lo haga. A mi padre, que sin duda alguna escuchará los gritos que daré a viva voz si usted se atreve, no le gustará en absoluto su actitud. Y tampoco a mi futuro esposo, y no se puede jugar con el duque de Wrothston...

— ¿Quién?

Serena volvió la cabeza hacía atrás, pues Darien había dejado de caminar. Estaba feliz ante la despavorida expresión del hombre. —Imaginé que se sorprendería con la revelación—comentó muy satisfecha.

— ¿Te escuché bien?

—Perfectamente. Me casaré con Lord Endymion, duque de Wrothston, antes que termine este año. Y usted, señor Chiba, no estará invitado a la boda.

— ¿Por qué... él?

— ¿Por qué no? Sucede que me gusta su establo.

— ¿Que te gusta su...?

Darien terminó la frase insultando y salivando por lo bajo, de modo que Serena se encogió de hombros y siguió caminando sin él. El hombre bajito con el que Darien había llegado estaba de pie junto a la puerta principal del establo mientras Serena conducía a Sir Endy hacía la caballeriza.

—Buenos días, señorita—dijo respetuosamente, quitándose el sombrero.

—Buenos días, señor... Taylor, ¿verdad?

—Sí, señorita.

— ¿Y cómo está nuestro bello padrillo hoy?

—Helios está muy bien. Muy bien, por cierto.

Serena se volvió para mirar a Darien, pues había presentido su presencia a sus espaldas. Decidió aprovecharse de la ansiedad que seguramente él estaría sintiendo en ese momento, ahora que sabía quién era el poderoso caballero que muy pronto la convertiría en su esposa.

—Quiero montar al padrillo.

—No.

— ¿Eso es todo? ¿No?

—Tu audición es perfecta.

Demasiado para ella.

— ¡Usted es imposible!—le gritó y salió enfurecida del establo.

— ¿Yo soy imposible? —dijo, Darien aunque mirando a Kelvin. — Ya tiene decidido quién será su marido, señor Taylor. No lo conoce, pero ya le ha echado el ojo. Adivine quién es.

— ¿Alguien que usted conoce?

—Sí, lo conozco. Demonios si lo conozco. Ella cree que se casará con el duque de Wrosthston.

—Pero... —Kelvin abrió más grandes los ojos. —Usted es el duque de Wrothston.

—Claro que sí.

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Lord Darien Endymion, cuarto duque de Wrothston y poseedor de otros tantos títulos más, estaba abocado a una ardua tarea física, que normalmente realizaban los lacayos. Echaba heno, a modo de venganza, pero también con una indiferencia inconsciente, que no le impidió darse cuenta de la aspereza que comenzaba a castigar sus manos y del sudor que bañaba su fina camisa blanca de lino.

En realidad, había empezado esa tarea en un esfuerzo por contener sus deseos de dar un fuerte puñetazo contra la pared, impulso que había experimentado desde su último encuentro con la señorita Tsukino... y sus sorprendentes revelaciones. Sin embargo, echar heno no le había hecho olvidar el encuentro como él había presumido, sino todo lo contrario. Aparentemente, el desgaste de energía alimentaba su ira con cada lanzamiento de heno.

De modo que ella se casaría con él, ¿eh? Sobre su cadáver. El carácter de esa niña, su maldita audacia. Poner los ojos en él antes de conocerlo siquiera. Por lo menos las otras mujeres que habían codiciado el título, de las que ya había perdido la cuenta, también lo habían querido a él por sus cualidades, si no más por esta razón, que por la anterior.

Ya tendría que estar acostumbrado a eso. Podría haber sido un vagabundo o el más santo de todos, a ella no le habría importado, porque, según sus comentarios, no era el hombre lo que había despertado su interés sino el maldito título. Por Dios, hasta se había dado el lujo de admitirlo, sin denotar ni la menor vergüenza ante semejante aspiración.

Darien la había calificado de malcriada, obstinada y malhumorada, pero no de oportunista. Y cuando pensó, lo que habría podido sucederle de no haber sido por el temperamento de Andrew y por su necesidad imperiosa de ausentarse por esa razón...

No recordaba haber aceptado una invitación a un baile de Hampshire pero en realidad aceptaba tantas que de inmediato las olvidaba y necesitaba que su secretario se las recordara. De modo que no era descabellado imaginar que si él hubiera estado en su casa, donde correspondía, en lugar de jugar al gato y al ratón por insistencia de Luna, habría ido a ese baile de Hampshire y habría conocido a Serena bajo circunstancias totalmente diferentes.

Entonces, habría sucumbido ante aquella devastadora sonrisa de ella, sin albergar la menor sospecha de que en realidad era una aventurera cazadora de fortunas.

Esa idea lo sacudió... lo enfureció ciegamente. Tendría que ir a ese baile y dar a Serena su merecido: presentarse ante ella como un patán, un sinvergüenza capaz de aterrorizarla. Pero si Serena pensaba que él iría al baile, ciertamente se habría corrido el rumor de que lo esperaban allí, lo que significaba que Andrew también se enteraría de ello. Y aunque la desaparición de Darien haría suponer a Andrew que tampoco se presentaría en un evento tan público, Andrew no se arriesgaría. Estaría firme allí, con sus pistolas cargadas, por las dudas. No había pasado el tiempo suficiente como para que Darien esperase lo contrario.

¿Pero cuánto tiempo era necesario? Dos meses, según Luna. "Para entonces él estará desesperado si ella en realidad está embarazada. Se verá obligada a revelar la identidad del padre o a aceptar como esposo a cualquiera que su hermano le consiga. No me imagino a Unazuki Furuhata accediendo a eso, con lo vanidosa que es, pero Andrew insistirá. No dejará pasar las cosas sólo por el hecho de que no te encuentren. La tendrá que hacer casar, lo que te dejará a ti con un solo problema a resolver en lugar de dos."

El segundo había sido cómo evitar el altar con la maquinadora hermanita de Andrew, Unazuki, mientras que el primer problema era tratar de evitar que su mejor amigo le volara la tapa de los sesos. Pero dos meses era demasiado tiempo para volverse incivilizado. Darien abrigaba la esperanza de que Andrew usara la cabeza antes de que expirara ese lapso y recordara que a él ni siquiera le gustaba su endemoniada hermana. Por consiguiente, mucho menos se habría atrevido a embarazarla como él reclamaba.

De pronto se dio cuenta de la ironía con la que lo enfrentaba la vida: estaba allí para evitar el matrimonio con una muchacha calculadora, sólo para caer en las redes de otra. Una se valdría de sus mentiras para llevarlo al altar, la otra, de aquella devastadora sonrisa... ¿o no? ¿Cómo pensaría Serena Tsukino ganarse a su duque? ¿Hasta dónde estaría dispuesta a llegar para conseguirlo a él y a "su establo"?

Su establo, por el amor de Dios. Era el insulto más agraviante de todos: escogerlo por su maldito establo. Ah, y tampoco tendría que olvidar que él, Darien Chiba, no estaría invitado a la boda. Bueno, cómo le gustaría verla llevar a cabo esa boda sin su presencia.

— ¿Existe alguna razón para hacer eso?

Darien miró hacia atrás y vio a Kelvin apoyado contra una de las casillas, contemplando en silencio su labor.

Darien miró su entorno. Había heno desparramado por doquier: sobre los caballos, en el agua, sobre su cuerpo. Pero arqueó una ceja con su aire más desdeñoso y prefirió ignorar el punzante ardor que ya se hacía sentir en sus manos con todo el rigor.

—Siempre existe una razón para todo lo que hago, señor Taylor. Pero, por el momento, esto constituye una excepción.

Kelvin soltó una carcajada. — ¿Ella lo atrapó, no?

—Por supuesto que no—negó Darien enfáticamente. —Es el aburrimiento lo que me tiene así. Tendremos que hacer algo al respecto, señor Taylor.

— ¿Cómo qué? —preguntó Kelvin con curiosidad.

—Podemos empezar por agrandar este establo.

— ¿Nosotros?

—Consiga un carpintero, pero nosotros ayudaremos.

—Realmente su trabajo con el trinche ha sido muy pobre. ¿Qué lo hace pensar que lo hará mejor con un martillo?

Darien no se dignó a responder la pregunta. —Y avise a mi secretario que me envíe aquí la correspondencia. Mejor dicho, diga al señor Pike que venga personalmente. No hay razón por la que no pueda manejar mis negocios desde...

—A su abuela no le agradará la idea—le advirtió Kelvin.

—Luna tiene buenas intenciones, pero no siempre sabe qué es mejor para mí. Creía que me vendría bien un descanso y yo coincidí. Pero cambié de opinión, qué demonios. El descanso aquí está volviéndome loco.

—No es el trabajo lo que lo vuelve loco sino esa...

—No me contradiga, señor Taylor. Sólo siga mis instrucciones.

—¿Y cómo espera explicarle todo al señor Pike, quien no sabe ser otra cosa más que condescendiente con usted después de haberle servido durante tantos años?

Kelvin tenía razón. El secretario de Darien era condescendiente, pero no sabía nada sobre hipocresías.

—Muy bien. Con la correspondencia será suficiente por ahora... y el carpintero. Mañana mismo empezaremos con el establo...

— ¿No cree que tendríamos que obtener primero el permiso del terrateniente?

Darien suspiró, No estaba acostumbrado a pedir permiso de nadie para hacer nada. Por un momento había olvidado el papel que interpretaba. Había sido bello olvidar.

—Hablaré con el terrateniente, pero creo que no habrá problemas porque yo mismo pagaré todos los arreglos que hagamos.

—Arreglos innecesarios—farfulló Kelvin—pues ni usted ni los demás caballos estarán aquí el tiempo suficiente como para disfrutarlos.

—Tonterías, señor Taylor, necesito trabajar. Mantenerme ocupado. Encárguese de ello.

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La puerta del estudio se abrió justo cuando Serena llegó al pie de las escaleras, Su intención fue saludar a su padre, pero se calló al descubrir que el que salía de allí era Darien. Si bien se dirigía directamente hacia el establo para su cabalgata matinal, aún no estaba preparada para otro encuentro con aquel hombre, y sin duda era necesario prepararse.

Una vez más, llevaba una fina camisa blanca, de las que usaban los caballeros. Ciertamente su padre debía de estar pagándole muy bien. También lucía ajustadísimos pantalones negros, algo pasados de moda, pero muy exhibicionistas. ¡Rayos! ¿No se había enterado de que esos pantalones ajustados habían desaparecido con el célebre Beau Brummell? Lo único que le faltaba era una corbata para parecer un verdadero caballero, pues ya tenía el porte... y la arrogancia.

—Buen día, señorita Tsukino.

¿De veras se comportaría civilizadamente? "Cuidado, Serena no caigas".

—Buenos días, señor Chiba.

—Las yeguas llegarán hoy mismo—le advirtió él de antemano.

— ¿Debo suponer que tampoco podré montar ninguna?—preguntó ella, tratando de disimular su resentimiento pero sin ningún éxito.

—No veo por qué no.

La respuesta de Darien la pilló desprevenida, de modo que dejó cierta rigidez de lado. — ¿Entonces por qué no puedo montar a Helios?

—Porque no es animal para que monte una dama. Si quieres montarlo, tendrás que hacerlo conmigo.

—Eso está totalmente fuera de... Está bien.

Su cambio de opinión en medio de la frase pilló desprevenido a Darien esta vez. —Me sorprendes, Serena. ¿Te das cuenta de que sí montamos juntos a Helios tendrás que rodearme con los brazos, no?

La verdad era que no había pensado en eso, pero tampoco lo admitiría. —Sí, por supuesto.

— ¿Estás segura de que podrás soportar tocarme?

—Usted muéstreme lo que ese caballo puede hacer y yo ni siquiera me daré cuenta de que lo estaré tocando.

—Pero yo, sí que me daré cuenta, ¡demonios!

Serena se puso tiesa ante la repentina reacción de Darien. —Si es usted el que no puede soportarlo, ¿por qué me lo propuso?

—Porque no creí que aceptarías.

Le pareció un niño caprichoso, de modo que le fue imposible sonreír o bromearle.

—No sea aguafiestas. Usted hizo una propuesta y yo la acepté. Así que, si no le importa, quiero ir a dar ese paseo a caballo.

Darien frunció el entrecejo cuando ella pasó junto a él, haciendo crujir las faldas del vestido en su andar. Por supuesto que le molestaba, y cómo. Pero le daría el gusto. Dejaría que Helios le diera el paseo de su vida. Y si lograba sobrevivir, sería mejor que mantuviese la boca cerrada de allí en adelante.

Helios estaba en forma y dispuesto a hacer una demostración. El paisaje pasaba junto a ellos a toda velocidad, como un borroso manchón de verdes, marrones y ocasionales destellos de flores silvestres. Y Serena reía. Reía de alegría y temor a la vez, por la agilidad y gracia del poderoso padrillo que los transportaba.

Sin embargo, Darien había vaticinado que el paseo sería un infierno para él y no se había equivocado. Los brazos de Serena le rodeaban con fuerza la cintura, pero él se había preparado para ello, para ignorarlo.

La joven presionaba sus senos contra la espalda de él, cosa que también podía resistir, pero su ritmo cardíaco era apenas perceptible. Estaba al borde de la excitación.

Sin embargo, lo que estaba venciéndolo era la risa de Serena. Esa dicha, era como un increíble afrodisíaco para él, un temblor que le hacía vibrar.

Cuando cerraron el círculo y llegaron a la laguna privada que Serena había declarado como propia, Darien estaba tan incómodo como la mañana anterior en la que también había llegado allí para darse un rápido baño.

Se detuvo y bajó del caballo, alejándose abruptamente sin ayudar a la joven a que hiciera lo mismo. En ese momento necesitaba distancia y la tomó caminando alrededor de la laguna hasta que se encontró en un punto opuesto a donde ella estaba. Se metió las manos en los bolsillos y se quedó mirando los olmos que formaban una media luna alrededor de la laguna. Darien cerró los ojos y se esforzó por olvidar que no estaba solo.

Su compañera no se lo permitiría. —Es usted muy audaz al dejarme sentada aquí sobre este animal —gritó ella desde el otro lado.

A Darien no se te escapó la insinuación. —No es una jamuga, Serena.

A la muchacha la irritaba que Darien la tratara con tanta confianza, tuteándola y llamándola por su nombre sin permiso. Pero lo dejó pasar. También le molestó que la ignorara, pero ese detalle sí que no lo dejó pasar. —Algo así no se me pasaría por alto si yo hubiera tenido en mente seguir cabalgando sin usted.

El comentario lo hizo volver y mirarla a los ojos. Entonces, Serena notó con satisfacción que Darien tenía el entrecejo fruncido, pero sólo hasta que dijo —Apuesto cualquier cosa a que tu padre nunca te ha puesto una mano encima para enseñarte un poco de disciplina. ¿Me equivoco?

A Serena no se le escapó esa insinuación. —No se atrevería. Lo despedirían al instante.

—Creo que sabes que sí me atrevo. ¿Quieres probar?

Con la laguna interponiéndose entre ellos y aún montada en Helios, Serena se atrevió a levantar el mentón. Pero aún no podía desafiarlo en eso.

— ¿Usted se esfuerza para ser grosero, señor Chiba, o le sale naturalmente?

—El único esfuerzo que estoy haciendo en este momento, cabeza de chorlito, es para no tocarte, de modo que no me busques.

Serena pensó que Darien se refería al último tema de conversación hasta que le leyó la mirada. La deseaba otra vez. Ese descubrimiento debió haberla ofendido, pero no fue así. En cambio, experimentó una cálida y rutilante sensación, una insolencia a la que no estaba habituada.

—Quizá debiera nadar un poco —le sugirió ella, recordando la mañana del día anterior y la razón que Darien le había dado por haber ido allí.

—Quizá sí. —Se tomó una pausa prolongada y agregó— ¿Tú vas a observar?

— ¿Me besará otra vez si lo hago?

—Si eres tan audaz, haré mucho más que besarte—le prometió.

Serena pisaba terreno desconocido ahora. El sentido común le dictaba que abandonara la lucha. Sin embargo cuando Darien comenzó a quitarse lentamente la camisa y Serena no le quitó los ojos de encima. ¿De veras estaría dispuesto a quedarse desnudo por completo frente a ella? Sería tan impropio como escandaloso. Él, era un descarado... pero tan bello como una obra de arte. Si hubiera sido una estatua, Serena habría podido admirarlo horas y horas. Pero Darien era real, audaz, y Serena instintivamente, sabía que jugaba con fuego cada vez que estaba cerca de él.

Debió de haber estado loca cuando pensó que podría coquetear con él. Un caballero conocía sus propias limitaciones, Darien Chiba no las tenía. Pero era tan injusto que no pudiera aplacar su curiosidad y que su actitud tuviera consecuencias inaceptables. De verdad que quería seguir observando a Darien.

Para ser completamente honesta, quería averiguar qué había querido decirle cuando le prometió que haría "mucho más" que besarla. Pero no se animó. Entonces, cuando vio que aquellos finos y largos dedos se dedicaban a la bragueta del pantalón, le volvió la espalda.

—Cobarde—escuchó murmurar.

—Prudente—contrapuso ella. — Y en nombre de la decencia, póngase otra vez la ropa, señor Chiba.

—Solo aceptaba tu sugerencia, señorita Prudencia—le recordó él.

—No le dije que nadara desnudo.

—No me gusta mojarme la ropa.

—Entonces no nade.

— ¿Estás sugiriéndome una alternativa, Serena? Porque, después de que me acariciaste con los ojos, tiene que ser una cosa o la otra.

Todas esas insinuaciones sexuales la excitaban, pero excedían en mucho los límites de su experiencia. Afortunadamente, Darien podía ver el rubor de sus mejillas, pero de todas maneras la incomodaba el hecho de que él pudiera hacerla avergonzar con tanta facilidad.

—Entonces, nade si le es imprescindible—concedió ella—pero que sea rápido.

Serena escuchó un chapuzón y un silbido de evidente desaprobación. Sonrió satisfecha. Por lo general, el agua estaba helada a esa hora de la mañana. Por eso ella siempre nadaba por las tardes, cuando el agua se calentaba considerablemente.

—Pude haberle dicho que estaba fría—dijo ella.

—No te pongas tan contenta, cabeza de chorlito. Refrescarme era justo lo que necesitaba, ¿recuerdas?

— ¿Todos sus comentarios tienen que estar necesariamente referidos a...a...?

—Llegará el día en que estés en las mismas condiciones que yo y, entonces, créeme que no tendrás ganas de hablar del clima.

—Creo que tengo mucho más cerebro que usted como para llegar a esas condiciones—le contestó ella muy orgullosa.

Darien echó una carcajada y luego se dio cuenta de algo— ¿Te refieres a que yo no tengo cerebro?

— ¿Fue tan obvio?

—Tengo noticias para ti, señorita Inocencia. El deseo no elige el momento, ni el lugar ni al individuo. Si crees que me gusta sentirme excitado por ti, estás muy equivocada. Cuando te suceda a ti, y eventualmente te sucederá, no podrás controlarlo como me sucede a mí. O haces el amor, o sufres por él.

La curiosidad fue más fuerte que ella. — ¿Significa que me tendré que bañar en agua helada?

—En realidad, no sé si eso dé resultado para una mujer. Nunca se me ocurrió preguntar. ¿Quieres que hagamos un pequeño experimento como para comprobar si funciona?

— ¿Cómo?

—Haré que me desees, así podrás averiguar si esta laguna sirve para solucionarte el problema.

—No permitiré que usted me provoque esa clase de deseo, pero de todas maneras, como tengo más cerebro que usted, no nadaría teniéndolo como espectador. Entonces no, gracias.

—Eres una muchacha muy inteligente.

Seguía escuchando el ruido del agua, lo que indicaba que Darien estaría abandonando la laguna. Sin embargo, Serena aún se resistía a mirar, aunque cada vez le resultaba más difícil.

Cuando el ruido del agua cesó, Serena preguntó—Estaba bromeando, ¿no es cierto, señor Chiba?

—Creo que no.

Serena prefirió no creerle. Su curiosidad había llegado demasiado lejos. No tenía que seguir preocupándose por cosas tan impropias.

Después de un rato, preguntó impaciente— ¿Ya se vistió?

Darien contestó justo detrás de ella— ¿Debo interpretar que no has espiado ni siquiera una vez?

Serena se volvió y notó que Darien no se había sumergido completamente. Tenía la ropa mojada pero sólo de la cintura para abajo, Sin embargo, a pesar de la brevedad de su mirada, la joven se dio cuenta de que la protuberancia de sus pantalones no había disminuido en mucho su volumen. Como siempre, Darien notó hacia dónde se dirigía la mirada de Serena.

—No resultó—señaló él ante la elocuente evidencia— ¿Pero qué más puede esperarse si no has hecho otra cosa más que hablar de sexo?

Ante semejante acusación, Serena se quedó perpleja. — ¿Yo? Fue usted. Hasta lo admitió.

—Demuestra, lo estúpido que soy —dijo él suavemente.

Volvió a montar a Helios, sentado delante de Serena y dio comienzo a un galope lento, para que ella no tuviera que abrazarlo con tanta fuerza.

Serena ignoraba por qué trataba de iniciar una conversación con ese hombre. No tenían nada en común... bueno, nada a excepción de los caballos, y ese parecía un tema sano.

—A pesar de que como siempre se ha comportado como un auténtico grosero, le agradezco el paseo. Helios es magnífico, el más veloz, el más fino... A propósito, ¿de dónde viene?

—De Sherring Cross.

Serena se quedó mirándole la espalda. —Debí haberlo imaginado. No hay establos mejores que esos en todo el territorio.

—Yo me crié en esos establos que tú tanto admiras.

—No—dijo ella.

—Está bien, no.

Pasaron unos cinco minutos hasta que ella se decidió a preguntarle— ¿Entonces usted lo conoce?

— ¿A quién?

—Ya sabe a quién—le dijo ella bastante impaciente—Al duque.

—Pienso que sí.

— ¿Qué rayos se supone que debo interpretar con eso?

—Que ese hombre ha cambiado mucho, Serena. Se ha convertido en un patán, en un seductor de inocentes.

Serena se alejó un poco de él—Es usted un mentiroso, señor Chiba. Y le agradeceré que mantenga un tono respetuoso cuando mencione al duque.

—Entonces no me agradezcas nada.

Continuará…


Adaptación de la novela Man of My Dreams de Johanna Lindsey


Me he reído demasiado con este capítulo, el próximo Serena conocerá por fin a Lord Endymion.

¡No se lo pierdan!

Bueno, espero ansiosa sus reviews ¡Los que recibí fueron geniales! ¡Muchas gracias!

Con muchísimo cariño.

Adaptitgirl