Tres días.
Ya habían pasado tres días desde que Fionna fue a rescatar a Cake al castillo de la Reina Hielo. El Príncipe Chicle no podía dejar de pensar en ella, de preocuparse, pues no era normal que tardara tanto en volver de allí. Tumbado en su cama pensando en lo que podría estar pasándole, no conseguía dormir.
Se levantó y sin prisas se acercó a la ventana y miró al cielo. Quizá ella estaría viendo las mismas estrellas, la misma luna que él.
-¿Dónde estás? ¿Por qué no regresas? –Preguntó el príncipe. –Removeré cielo y tierra hasta encontrarte.
La mañana del cuarto día desde que Fionna desapareció fue agitada en Chuchelandia, todos los habitantes estaban ayudando al príncipe a buscar a Fionna, pero los chuches eran lentos y además débiles, no podían llegar muy lejos. Así pues, el príncipe anunció su partida hacia el Reino Helado en solitario, dejando a Míster Monocromo como responsable del reino.
Con nada más que una mochila y sus deseos de reunirse con Fionna salió del castillo despidiéndose de sus habitantes, decidido y entusiasmado. No podía ni imaginar que es lo que encontraría en su viaje.
Al avanzar por los primeros caminos bajo el tórrido sol de mediodía, el príncipe vio la posibilidad de desviarse de su camino para pasar primero por la casa de Fionna, para asegurarse de que no había vuelto, además así podría descansar un poco pues llevaba horas andando.
Así pues, cambió su dirección hacia el oeste, hacia los pastos. La casa de Fionna desde lejos se veía como un árbol más, pero conforme se iba acercando se podía dar cuenta de que aquella casa-árbol era enorme. Entró a la casa y se encontró un panorama de abandono total, aunque solo llevaba cuatro días vacía. Revisó todas las habitaciones de la casa y se encontró lo mismo en todas: polvo y recuerdos.
Recuerdos polvorientos.
Agotado y desesperanzado vio difícil poder avanzar rápido, Fionna normalmente iba a lomos de Cake y esta última alargaba sus piernas por lo que moverse rápido no era un problema para ellas, pero él estaba totalmente solo, no tenía ninguna forma de ir más rápido. Pensando en todas estas cosas se durmió en el sofá del salón de la casa.
Unas horas después escuchó un estruendo y se despertó sobresaltado.
-¿Quién anda ahí? –Preguntó con miedo mientras se levantaba del sofá. -¿Hay alguien? –Dijo con la voz temblorosa.
Todo estaba oscuro, no podía ver nada, había estado durmiendo hasta el anochecer. Por mucho que miraba no encontraba a nadie. Entonces, alguien le dio un golpe en la espalda. Asustado se las apañó para encontrar el interruptor de la luz.
Y ahí estaba, ante él, Marshall Lee, el rey de los vampiros, flotando en el aire.
-¿Te he asustado majestad? –Dijo en tono burlón mientras flotaba sobre la cabeza del príncipe.
-Oh, claro que no. Soy un príncipe. Los príncipes no se asustan, y mucho menos por la presencia de un vampiro vulgar como tú –Respondió, aunque él mismo sabía que estaba mintiendo, en realidad se había llevado un gran susto.
-Ya claro, supongo que alguien que no está asustado pondría esa cara que pones tú ahora mismo –Dijo el vampiro. –Obviamente trato de ser irónico.
-Yo no estoy poniendo ninguna cara –Replicó el príncipe tapándose un poco la cara con un cojín del sofá. -¿Por qué tienes que ser tan molesto?
-¿Te parezco molesto? ¿Y si hago esto te parezco molesto? –Dijo mientras cogía al príncipe por los hombros y lo levantaba en aire. -¿Ahora soy molesto?
-¡Bájame ahora mismo! –Gritó el príncipe. –Esto no tiene ninguna gracia. Eres el ser más molesto del universo.
El vampiro le soltó y este cayó contra el suelo haciéndose daño.
-¿No querías que te soltara? –Dijo el vampiro riéndose.
-Ya estoy harto de ti. Vete, vete ahora mismo.
Con una sonrisa en la cara Marshall se dirigió hacia la ventana y se hizo invisible antes de salir por esta. El Príncipe Chicle, pensando que el vampiro había abandonado la casa, volvió a sentarse en el sofá. Como ya era de noche decidió permanecer en la casa y proseguir con su viaje al amanecer. Se tomó la libertad de tomar leche de la nevera de Fionna, llenada una taza se la llevó hacia el sofá para tomársela sentado tranquilamente. En el momento menos pensando el vampiro se materializó delante de él, el príncipe soltó un grito y se le cayó la taza al suelo, derramándose toda la leche.
-¿Pero qué has hecho vampiro inútil? ¿Qué has venido a buscar aquí? ¿Por qué me molestas? ¿No puedes dejarme en paz? ¡Eres un incordio! –El príncipe finalmente estalló. Marshall dejó de flotar y se puso de pie enfrente del príncipe.
-Soy malvado. Soy un chico malo, es lo que soy y lo que hago. Es mi naturaleza y no la puedo cambiar. Y estoy aquí porque he venido a ver a Fionna ya que hace muchos días que no la veo –Le dijo el vampiro.
-Fionna desapareció hace cuatro días, he salido a buscarla pero antes he pasado por aquí para comprobar si había vuelto o no. He decidido ir a buscarla yo solo, creo que podría estar en grave peligro. Así que si no te importa, agradecería que te fueras de aquí y me dejases en paz.
-Entiendo. Si es así, me iré –Marshall finalmente se fue, salió flotando por la ventana.
-Pero que chico tan raro –Pensó el príncipe. –Primero viene aquí a molestarme, luego se hace invisible para asustarme y ahora se ha ido tan fácilmente, sin tener que insistir más. Dejaré de darle vueltas al asunto y me pondré a trazar una ruta rápida hacia el Reino Helado.
El príncipe se levantó y cerró la ventana para evitar visitas inesperadas, buscó un mapa en las estanterías de la casa y se quedó mirándolo, pensativo.