Pocas palabras, mucha acción.
Era muy entrada la noche cuando Haru por fin pudo dormirse. Hasta hace una hora había estado escuchando ligeros sonidos desde la habitación contigua a la suya donde su nieta dormía, hasta que finalmente la casa se sumió en absoluto silencio. No eran ni las once de la noche cuando recordó súbitamente que no había cambiado el agua del jarrón que contenía las flores en el altar de su difunto marido. Seguía siendo tan despistada como lo era cuando fue jovencita y eso le traía tantos recuerdos que dolían.
Se levantó de la cama con lentitud, un dolor punzante atravesándole la espalda mientras tomaba la bata y se la colocaba encima del camisón. Con pasos lentos pasó por delante de la habitación de su nieta y entró al salón más grande de la casa dirigiéndose hacia un rincón. Los lirios estaban un poco marchitos aún cuando habían sido colocados ese mismo día. Les colocó agua fresca y reluciente antes de proceder a realizar el ritual. Siempre que lo hacía un eterno nudo apretado se internaba en su estómago y se le escapaba una lágrima de sus ojos. Una lágrima por todas las cosas que no pudo disfrutar con Gokudera, a quien se lo habían arrebatado de muy joven.
Cuando volvía hacia su habitación se quedó observando por unos minutos a su nieta a través de la puerta entreabierta. Tenía el cabello pálido desparramado por toda la almohada y las sábanas desordenadas se le caían de la cama mientras dormía de lado con la boca abierta. Haru sonrió ante esa imagen, recordando vagamente que fue ella la primera persona que le cambió los pañales, la primera que la sostuvo en sus brazos y la primera que observó que su primer nieta tenía exactamente los mismos ojos que Gokudera y la pelusa blanca de cabello igual que al de su madre. Le habría encantado que Gokudera pudiera conocerla, estaba segura que a él le habría maravillado.
Le cerró la puerta con sumo cuidado y volvió a su habitación, pensando en demasiadas cosas y, a la vez, en muy pocas.
Ese día había estado lleno de emociones.
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Fue su sobrina la que la despertó al día siguiente luego de haber caído dormida casi al instante.
— ¡Abuela! —Escuchó el llamado ahogado detrás de la puerta de su habitación, —he preparado el té y unos bollos —añadió y Haru oyó sus pasos internándose en la casa.
Cuando llegó a la cocina con el mismo vestido floreado entre las manos su nieta hojeaba una revista de modas que había traído con ella. Haru la miró risueña y tomó asiento del otro lado de la mesa. La muchacha sirvió el té con lentitud y le tendió un bollo al que Haru le dio un gran primer mordisco. Ambas sonrieron y se sumieron a una charla banal sobre los estudios, las modas del momento, sus otros nietos y las expediciones geológicas de sus padres.
Eso, hasta que la chica volvió a tocar el tema de su abuelo.
—Vas a seguir contándome, ¿verdad? —los ojos le brillaron otra vez con ansiedad y Haru no pudo resistirse.
—Tú misma dijiste que tenemos todo el verano —dijo con tono pasivo mientras seguía trabajando en el vestido. La muchacha volvió se sirvió su tercer taza de té y tomó el penúltimo bollo de canela entre sus manos hincándole los dientes.
—Es que quiero saber qué viste en al abuelo además de sus ojos. Era bastante apático, eh —tragó. Sonrió mostrando todos los dientes y sorbió un poco de su té.
—Pero Gokudera tenía encantos escondidos —le guiñó un ojo divertida. —Luego de ese incidente tu abuelo sí me enseñó algunas cosas…
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— ¡No, así no!
Haru cerró la boca de sopetón observando a Gokudera dar pasos de lado a lado tapándose el rostro de irritación. De pronto se detuvo frente a ella, echó un suspiro y volvió a hablar en tono más calmado.
— ¿Qué no entiendes? —Gruñó. —Tiene que ser suave.
—No sé cómo hacerlo suave —respondió Haru ceñuda cruzando sus brazos delante de su pecho. — ¡Cómo quieres que aprenda si no me das un ejemplo!
— ¡No me interesa! Usa el cerebro ese de nuez que tienes. No te voy a andar cantando por que a ti se te ocurre.
Miura bufó y se cruzó de piernas. De pie frente suyo, Gokudera resoplaba totalmente irritado. De alguna forma ella habría logrado engatusarlo para que le enseñase y a menos de diez minutos, ya resonaban los gritos en la misma sala con el piano de cola. Se oían cosas como No seas idiota o ¡Más suave he dicho!, o cosas más duras como ¡No sirves para nada, estúpida! o Eres un maldito neandertal, Gokudera.
Después de hora y media, gritos, insultos, desafinaciones y entre otras cosas, pasos inquietos, el reloj marcó la medianoche. Era un sábado y tranquilamente podrían haber estado haciendo otra actividad más divertida que esa –o, en el caso de Haru, estudiar para el examen del lunes-, en vez de gastar la noche con tontas e inútiles sesiones de canto.
Unos golpes ligeros en la puerta atrajeron la atención de ambos y Haru selló sus labios luego de otra melodía desafinada. Yamamoto asomó la cabeza y les sonrió de forma gatuna.
—Tsuna y las chicas vamos a ir a tomar algo —explicó, —y nos preguntábamos si querían acompañarnos.
Gokudera iba a negar con la cabeza y soltar un comentario mordaz, pero Haru se puso de pie rápidamente y le robó la palabra, con una brillante sonrisa.
—Claro que sí —dijo y junto sus palmas con alegría. Takeshi le dirigió una sonrisa en respuesta y cerró la puerta luego de decirles que se encontrarían en el vestíbulo en media hora.
—Yo no voy a ir —frunció el ceño Gokudera y se giró para caminar hasta el sillón y desplomarse en él con pesadez e irritación.
Haru sonrió y tomó el picaporte. Abrió la puerta y se giró a mirarlo.
—Como quieras, pero no creo que quieras dejar que Yamamoto proteja a Tsuna y, quien sabe, se vuelva su mano derecha —soltó y abandonó la habitación.
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—Entonces, el abuelo sí tenía una debilidad por ti —afirmó con convicción su nieta. Haru la miró alzando las cejas sin comprender. —Por que lo convenciste de que te enseñe aún cuando él definitivamente se había negado.
—Si lo miras por ese lado pues, sí —dijo bajando la mirada al vestido y cosiéndole una delicada flor. —Pero, sabes, Gokudera era mucha habla y poca acción. O a veces al revés. Por ejemplo, esa misma noche…
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Las luces de neón del bar lo cegaron. Achinó aún más sus ojos verdes en cuanto una luz blanca de la discoteca (¿qué Yamamoto no había dicho que era un bar?) lo enfrentó y caminó chocando con personas desconocidas y sudorosas hasta una mesa que habían apartado Tsuna y Kyoko. La mujer estúpida lo seguía por detrás agarrada a su camisa por miedo a perderse lo cual hacía la situación mucho más irritante. Cuando se sentaron, Gokudera pudo observar un poco mejor que Yamamoto había desaparecido con esa chica llamada Liss y que Tsuna y Kyoko ni siquiera habían notado su presencia por que se estaban dando mimitos. Al cabo de un rato, Hayato fijó su mirada en Haru que bebía un trago flojo frente a él, con la vista fija en la masa de personas que se movían al ritmo de una música tecno.
Notó que llevaba pendientes brillantes y delicados que no tenía mientras practicaban, un ligero brillo labial y una blusa lila con una falda negra algo corta. Tenía el cabello suelto y corto hasta los hombros como lo llevaba todos los días. Tanto así que creyó que era bonita.
Haru observó a las personas con un profundo sentimiento de curiosidad. No sabía si quería contagiarse de ellas y bailar hasta que sus pies les dolieran o quedarse allí ligeramente mareada por los tragos bebidos y seguir observando el tumulto de gente con ojos brillantes. Por el rabillo del ojo captó la mirada de Gokudera y se giró para sonreírle con la boca abierta. Alzó su vaso en el aire imitando un brindis y se tomó el contenido de un solo golpe. No le pegó fuerte por que casi no tenía alcohol pero hizo lo suficiente para que se pusiera de pie y se alisara la falda sin tambalearse.
Avanzó hacia la pista de baile con la mirada de Gokudera pegada a su espalda y se topó con un muchacho que la tomó del brazo y empezó a darle vueltas a su alrededor. Hayato la veía girar y reírse a carcajada suelta mientras sentía que la ira subía por su cuerpo. Era…era insólito. Él no debería preocuparse, ¿cierto? Pero la veía tan feliz y extasiada con aquel tipo que le hacía hervir la sangre.
Mientras tanto, Haru tan solo giraba y giraba. Le daba igual si el ritmo de la música iba con lo que ella hacía. El muchacho que la había invitado a bailar la observaba con los ojos luminosos y la hacía dar más y más vueltas, de vez en cuando tomándola entre sus brazos y dando un giro juntos. Realmente se estaba divirtiendo, hasta que sintió que la presencia del muchacho se desvanecía de su lado y se dejaban de oír los pies del resto de las personas golpear contra el suelo. Todo se había producido en una milésima de segundos y un jadeo general se dejó oír.
Miura dejó de girar y alcanzó a ver, con los ojos abiertos y sorprendidos, cómo Gokudera caminaba hasta su lado, la tomaba del codo y ambos se abrían paso entre la multitud y salían de la discoteca toscamente.
La mujer se soltó bruscamente y se pasó la mano reiteradamente por el codo apretado.
— ¿Qué pasa? —preguntó frunciendo el entrecejo observando a Gokudera que le daba la espalda.
—Nada, mujer —le respondió con voz ronca, salida desde el fondo de su garganta. —Volvamos.
— ¡Qué nada ni que nada! —exclamó siguiéndole el paso apresurada. — ¿Qué problema tienes?
— ¡Dije que nada! —se detuvo en mitad de la calle y se giró a encararla. Haru hubiera jurado que estaba sonrojado. — ¡El tipo ese te estaba manoseando toda! —graznó a toda voz. Haru abrió la boca sorprendida y toda la sangre se le fue a la cabeza. Y sí, ahora entendía todo.
—Estabas… ¡¿estabas celoso?! —preguntó sin poder creerlo. Que Hayato estuviera celoso, de verdad le había hecho la noche. Era imposible de creer.
—No estaba celoso —masculló entre sus dientes y emprendió la marcha otra vez, escupiendo hacia un costado. Haru sonrió abiertamente y le siguió a su lado. (¿Gokudera, celoso? Por supuesto).
Le pareció tan considerado. Al menos, sabía que a Gokudera si le importaba aunque sea un poquito.
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—Con que mucha palabra y poca acción, ¿eh? —sonrió su nieta pícaramente. —A mi parecer eso fue todo lo contrario. Pocas palabras y mucha acción. ¡A que no te lo esperabas!
—Por supuesto que no —sonrió abochornada Haru. —Pero sí, quizá tienes razón y en ese tiempo Gokudera ya tenía debilidad por mí.
—Y estaba totalmente celoso —enfatizó su nieta quitándose del rostro un mechón de cabello plateado. —Apuesto que ese chico ni siquiera te había metido mano.
—No hables de esa forma —dijo Haru sin sonrisa, —pero tienes razón, apenas me había abrazado cuando Gokudera arremetió contra él.
La muchacha de diecisiete parecía extasiada, con una enorme, enorme sonrisa eufórica en el rostro y las mejillas sonrojadas. Haru supuso que era suficiente por ese día.
—Bien, ya casi acabo con el vestido —anunció. —Pero lo puedo dejar para después. ¿Qué te parece si compramos unas sandías y le echamos una mirada al lago por la tarde? Ya está haciendo mucho calor y apenas es media mañana…
¡Unos meses más y se cumple un año, eh! Ha. Perdón por la demora. No sé qué me pasó. Estaba (estoy) tan ilusionada con este fic... Mil disculpas a todos aquellos que me dejaron reviews y los decepcioné. Este capítulo se lo dedico a ustedes y a los seguidores. ¡Cien gracias!
